10 cosas que no molan del periodismo gastronómico

Ponerse manos a la obra con algo a priori tan sacrílego como hacer autocrítica gremial sólo se le puede ocurrir a alguien muy insensato. Porque si en algo coinciden todos los gremios, desde los carteros hasta los pilotos de la NASA, es que suelen formar un muro ante cualquier ataque al colectivo que venga del exterior, por mucho que se detesten entre ellos. Médicos, profesores y trabajadores de la Iglesia en todos sus estamentos (del monaguillo al obispo, sólo el Papa parece desmarcarse) encabezan el listado de profesiones altamente gremialistas, oficios en que sus miembros invocan en todos los casos una especie de bien superior para justificar acciones a priori injustificables de sus compañeros de profesión.

Hace unos meses ponían a caldo en redes sociales, y con bastante razón, a una bloguera, por escribir una perla titulada Ventajas e inconvenientes de tener un blog gastronómico, y enseguida nos vino a la cabeza que ese artículo pedía a gritos un reverso, la cruz de ese universo cuqui de comilonas, regalos y colegueo que nos pintaba una señora que, en sus reflexiones, pecaba más de cándida que de sinvergüenza. En estas líneas hemos querido plasmar la cruz, el lado oscuro de una profesión que, como todas, tiene sus trapos sucios.

Vaya por delante que en nuestra opinión el periodismo gastronómico engloba a personas que puedan tener o no la carrera de Periodismo, obviamente, sin que esto tenga la menor importancia; que escriban ya sea en un blog con cuatro visitas a la semana o en un medio de papel o audiovisual consolidado, ya sea generalista o especializado, ya acabe de salir de la facultad o tenga 87 años. Y el hecho de que probablemente esta definición, para nosotros la única posible, no vaya a generar quórum, indica que, evidentemente, hay mucha tela que cortar.

1- “Vengo de hablar con Ferran”. No hay periodista gastronómico consolidado que no se autoimponga un castigo probablemente basado en el dolor físico extremo si en algún momento sale de su boca el apellido de un chef. Aquí todos venimos de hablar con Ferran, de discutir unos temas con Albert o de hacernos un Skype con Gastón. Es más penoso aún cuando el nombre de pila que queda bien soltar despreocupadamente en una cena no es el de un chef, sino el de un periodista, lo que indica que nos hallamos ante un género con graves issues, con poca tradición y, por tanto, escasa solidez, ya que la afición por la gastronomía, y por consiguiente la literatura que ha generado, era minoritaria hasta hace cuatro días (en que ha llegado el boom y nadie, y ese es otro de los males que podríamos enumerar, sabe bien cómo actuar ante él). Las estrellas son ahora los propios periodistas y eso, no nos engañemos, solo puede ser malo.

2- “Me gustaría publicar tus artículos en mi revista a cambio de difusión”. Esta frase, formulada de las más diversas maneras, llega a tus oídos también de las más diversas maneras. Yo publico tus artículos en mi web o dejo que hables en mi radio o que salgas en mi tele porque a ti te irá bien para dar a conocer tu trabajo. La difusión, ese ente intangible que, te dicen en Endesa, maldito oligopolio energético, no sirve para pagar la factura de la luz. Y qué pena, pero que tire la primera piedra el que no haya trabajado gratis algún día. Y lo más triste es que en muchos casos no es por ego, sino por pavor. Temor a dejar de estar, pánico a que todo cambie y no se acuerden de ti y, por tanto, más que un corazón herido o una autoestima maltrecha te encuentres con algo mucho peor: una hipoteca por pagar.

3- Una nueva forma de escribir y, por tanto, de interpretar el mundo. ¿Cómo vas a explicarle a un periodista gastronómico curtido durante años en las grandes mesas del país junto a otros grandes hombres de nuestro tiempo, que un chaval de treintaytantos con miles de seguidores se trae entre manos un ambicioso artículo sobre los diferentes emoticonos de huevos en Whatsapp? ¿Qué va a decir, tras sorber su brandy, al leer un artículo que pretendidamente va en serio titulado ‘La alfalfa es ‘trendy’? Y encima utilizan referencias a la cultura pop, a iconos culturales y estéticos que probablemente tú desconoces porque te pillaron revisitando el ’19 días y 500 noches’, a un tipo de problemas existenciales (los derivados de la precariedad) de los que tú, afortunado, nunca vas a tener ni idea.

Ellos, los nuevos, los recién llegados, parecen menos preocupados por explicar un plato a la perfección o por recrear la idiosincrasia de un chef que por contar un mundo nuevo, a menudo asfixiante, y hacerlo desde la gastronomía, que es probablemente el hábito que mejor nos explica. Pero tú, claro, no entiendes nada y por lo tanto te parece mal, como suele ocurrir con todas las cosas que no entendemos.

4- Los ‘haters’. Vayan por delante nuestros respetos a los ‘haters’, porque ser cascarrabias profesional no es tarea fácil. Primero porque uno no puede estar mosqueado todo el día y segundo porque hay que tener el suficiente carisma para poder ser ‘hater’ durante años sin que la gente se acabe cansando de ti. En Twitter hay bastantes cuentas de ‘haters’ profesionales que se dedican a criticar a los periodistas gastronómicos, por gorrones, engreídos, pelotas, serviles e incluso en ocasiones por sus atributos físicos. Son críticos de los críticos, esos nombres anónimos que se dedican a desenmascarar en plan Robin Hood las chifladuras de algunos profesionales del sector, generalmente con un trazo bastante grueso y escaso ingenio. Hay vacantes, pues, para ‘haters’ profesionales, pues hay material a destajo y nadie que haya sabido, hasta el momento, morder donde duele, con elegancia pero sin apretar.

5- Las malenis. El periodismo gastronómico ha dado lugar al nacimiento de un subgénero que a muchos, contra nuestra voluntad, nos pone más nerviosos de lo que probablemente debería: la maleni repostera, hasta ahora oculta en su cocina ideando nuevas ‘cookies’ ante la indiferencia del mundo. El boom de los ‘cupcakes’ y la repostería ha hecho que la maleni salga del armario a mostrar con orgullo recetas de creación propia como el Pastel Ñam Ñam, en forma de blogs con nombres como Las recetas dulces de María José. El origen de nuestra aversión por las malenis y por sus azucaradas cuentas de Instagram probablemente sólo podría descubrirse en el diván de un psicoanalista, aunque puede ser que la cosa tenga que ver en algo con el hecho de que, ante tus ojos envenenados, María José sea una persona irritantemente convencional. Y es que a María José no hace falta que te la explique nadie porque ya te la sabes: qué piensa, dónde vive, qué espera de la vida. Y ha ocurrido que cuando tú has querido hacer algo en la tuya que ha contravenido lo que se esperaba de ti, y eso ha pasado unas cuantas veces, has tenido que luchar contra ejércitos de María Josés ataviadas con impecables twin sets que te atacaban con mangas pasteleras en la oscuridad de la noche.

6- El localismo. Hay ámbitos que se prestan más al colegueo que otros, y eso ocurre, a nuestro parecer, en la medida en que son locales. Si hablamos de la cultura, sectores como el cine, la música o la literatura se prestan mucho menos al amiguismo que, por ejemplo, dos sectores claramente envenenados por vínculos que a priori resultan conmovedores pero que dañan la esencia de la profesión, dicho esto siempre sin grandilocuencia: el teatro y la gastronomía.

En mis primeros años como periodista una de las cosas que más me sorprendían era por qué los críticos de teatro eran, con honrosas excepciones, tan blandos con auténticas bazofias firmadas por los grandes nombres de nuestra escena. Indagando un poco, todos te acababan confesando diversos motivos para no despellejar sobre papel ilustres despropósitos teatrales: a/ solían ser amigos o tener algún tipo de vínculo sentimental con algún miembro de la producción o b/ puro amor por el teatro, explicaban, y un conocimiento del sector hasta sus mismísimas entrañas: mejor maquillar la verdad que ver cómo una sala, a cuyo director probablemente conoces desde hace años, se queda vacía. Dos argumentos, por otra parte, absolutamente irreprochables, pero que por desgracia contravienen eso que damos en llamar Periodismo, al que por supuesto no hay que tomarse tan en serio pero tampoco tan a la ligera.

No pasa tanto en cine, literatura o música, con un alcance más internacional, pero en los ámbitos del periodismo de alcance local este mal endémico parece difícil de combatir: tú no quieres que se hunda el restaurante de tu colega, o del colega de tu colega, y Barcelona, pese a todo, es muy pequeña. ¿La solución? No tener amigos, pero quién puede en entornos donde reina la comida, las copas y el cachondeo.

7- El flirteo. Hemos dudado si incluir este punto, pues somos conscientes de que a muchos les puede parecer el único atisbo de alegría de un listado que destila negrura. No olvidemos que nos encontramos en un sector repleto de personas que han escogido por voluntad propia abandonar el sueño de ser corresponsal de guerra y retozar en una trinchera con Oriana Fallaci para entregarse al arte de comer hasta reventar, beber como si no hubiera un mañana y salir por la puerta de los bares abrazados al último de los camareros. Este talante proclive a la juerga se traduce, en ocasiones, en que el sexo planea en el ambiente y hasta te parece que puedes tocarlo. A muchos les encanta, y constituye un plus más de una profesión que tiene más de ‘dolce vita’ que ninguna otra. A otros, y por eso lo hemos incluído aquí, nos molestan profundamente ciertos roles de género propios del siglo XIV que  se generan cuando el sexo se apodera de todo.

8-“Te invito a mi restaurante”. ¿Te vienes a comer a mi restaurante? No pagarás nada, te trataremos superbien, te abriremos un buen vino, incluso podrás venir con quien te apetezca cualquier noche. Nos esmeraremos con los platos, probablemente te sirvamos un menú largo con nuestras creaciones estrella o elaboremos algún plato especial para ti. Te vamos a caer bien porque vas a sentirte como un rey, y luego, si te apetece, escribes sobre nosotros. Poco más se puede decir de una dinámica habitual, y por otra parte absolutamente comprensible (como cualquier artista, como cualquier creativo, el chef quiere dar a conocer su obra, y lo primero que hace es presentarla a los prescriptores, ahora también llamados ‘influencers’), del periodismo gastronómico. Una dinámica que, dicho sea de paso, en ocasiones se pervierte hasta extremos ridículos: “te invito a comer a mi restaurante a cambio de que hagas cinco tuits”, me propusieron recientemente.

9- La cansina batalla bloguero versus periodista. Que te resulta aún más cansina si eres ambas cosas y no crees que tengan por qué ser incompatibles, ni mucho menos que ninguna de ellas sea peyorativa, ni susceptible de serlo. La primera vez que descubriste la cantidad de adjetivos calificativos con connotaciones negativas que se hallaban detrás del término “bloguera” tu sorpresa fue más o menos similar a la que experimentaste cuando descubriste que en determinados ambientes lo peor que podías ser era periodista. El bloguero no sabe escribir, el periodista no sabe de gastronomía: una especie de soporífero  ‘Adivina quien viene esta noche’ editorial que refleja la gran cantidad de tiempo libre que deja a algunos afortunados el ejercicio de esta profesión.

10- ¿Comes o tuiteas? Las redes sociales son, para muchos, una de las partes más divertidas de este trabajo. Tuiteas, instagrameas, decides que filtro le va mejor a tu canelón de foie, revisas cada tres minutos cuántos ‘comments’ y ‘likes’ tienen tus fotos y así va pasando la tarde, y van circulando los platos que tenías que comerte y que apenas has probado porque estás decidiendo cuál es el mejor ángulo para fotografiarlos. Se supone que el periodista gastronómico visita un restaurante para explicarlo, lo que implica, a nuestro parecer, fijarse en los detalles que van más allá de los platos, llamémosle captar el aura aunque suene naíf, y sin embargo se pasa más de la mitad del tiempo ideando rocambolescas disposiciones en la mesa y la otra mitad con la cara pegada al Iphone. Y es que, curiosamente, y sirva este dato como conclusión a esta perorata, si hay una profesión en la que se come mal… esa es el periodismo gastronómico.

Laura Conde

Laura Conde

Como directora de la revista Guía del Ocio BCN se recorrió gran parte de restaurantes de Barcelona y escribió sobre ellos durante siete años. En la actualidad coordina mano a mano con Javier Sánchez www.cocinatis.com, el portal vertical de cocina de Antena 3, y escribe en diversas revistas, entre ellas Time Out Barcelona. Es autora del libro ‘La felicidad en una croqueta’ (Now Books, 2014) y de 'Hecho en casa' (Now Books, 2015).

3 comentarios
  1. “Te invito a comer y me haces 5 tweets” me suena a “yo invierto a cambio de 5 tweets”, no lo veo mal. (Perdona mi ignorancia sobre el tema).

    Si te parece bien que te inviten (a ti y a X) a comer/cenar para que valores el negocio, no entiendo que te parezca mal que te pidan unos tweets. Que igual no lo he entendido bien…

    Si esto no lo ves correcto, ¿como sugieres que nuevos negocios hablen con estos periodistas/bloggers/gastrónomos/Foodies para que haya difusión sobre el mismo?

    Gracias!

  2. Hola Fran,

    Nosotros solamente difundimos en nuestras redes sociales información de sitio que nos gustan, cosa que jamás sabes ‘a priori’, antes de conocer un local.

    De hecho, para nosotros comer en un local no es un divertimento, es un trabajo, que requiere tomar notas, fotos, concentración, hacer preguntas… No nos lo tomamos como una manera de ocio. Y si lo hacemos es para dar a nuestros lectores una información lo más veraz posible, y lo más sincera. Si de entrada te están pidiendo que, además de hacer tu trabajo, difundas entre tus lectores, a lo que les debes el máximo respeto, información sobre platos que aún no conoces y tal vez no te gusten es que no entienden la esencia de esta profesión: nosotros sólo hablamos de lo que nos gusta.

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