Picar entre horas (de partido)

Vaya por delante que hay gastronomistas para los que el acto de comer es tan religioso como el ir al fútbol. Para la menda, sin ir más lejos. Lo que me cuesta en ocasiones es casar una cosa con otra. Esto es, disfrutar de la comida mientras sigo desde la grada a mi equipo. Hay aficionados que prefieren el pre o el post partido para llevarse algo la boca, pero durante… Ay, el durante se llama en realidad descanso pero seamos francos, ¿quién es capaz de comer relajadamente en 15 minutos? A mí en la media parte me gusta comentar la jugada, saludar al que ha llegado iniciado el partido (¡no seré yo!) e incluso, para qué negarlo, echar esa ojeada siempre necesaria al móvil. Pues eso. Que a todo esto, no me da también para comer… a gusto.

Tampoco creo que contar en el campo de ‘mi’ Espanyol con el Jamie Oliver de turno con el que cuenta el Manchester City (los pericos ya lo tenemos y se llama Albert Raurich, del impecable Dos Palillos) me hiciera cambiar de hábitos. O igual sí. Pero como la economía del club no da para más historias que las de animar la tabla (por arriba o por abajo, según la temporada), debo reconocer que mientras tanto, no hay nada como el bocata.
El bocadillo (frankfurt incluido) gana por goleada en la grada, en el trayecto al estadio y sobre todo, en los puestos de alimentación intramuros (en Catalunya, el dominio es del grupo Serhs). Del mismo modo que el tupper ya es tendencia en el streetfoodstyle, igual lo es el papel de aluminio y la punible bolsa de plástico en los aledaños a cualquier campo de fútbol. A las pruebas me remito. Los bares y restaurantes de los alrededores hacen su agosto justamente lejos del verano cada jornada que el equipo local juega en casa. Los precios se ajustan a euros asumibles (o no) y siempre se brinda (o se ahogan las penas) con cerveza, que por algo es la bebida futbolera por excelencia.

Volví a corraborarlo el otro día en el reciente partido frente al Atlético (permitidme la euforia, por cierto) y lo he constatado en varios desplazamientos lejos de ‘nuestro’ feudo -curiosamente, también junto al Calderón-. Ni con el tapeo ni con los pintxos se puede generalizar. No tienen precisamente mucha demanda en el eje liguero Barcelona-Madrid.
Para cuando el partido se juega a esas horas que ni-chicha-ni-limoná se imponen las pipas y las chips. Porque las palomitas resultan francamente de un intrusismo fuera de lugar en el fútbol…

Bandeja de canapés en el palco del Espanyol.
palcoespanyol
Que no falten los quesos.

Pero como en todos los estratos de esta vida, en el fútbol también hay clases y clases. En el terreno de juego y junto a él. Por eso en las diferentes zonas presidenciales que he podido pisar hasta la fecha el bocadillo da paso al canapé, el aluminio a la bandeja de plata y la cerveza pierde status frente al vino. Con el pan, en cambio, no hay quien pueda. Sólo sorprende el poco peso que tiene el dulce pero volviendo al principio, ¿cómo intentar comer en el fútbol como en casa o como en el restaurante?

Volver incluso al pasado es revelador. Porque las costumbres en torno al fútbol (o de los que van al fútbol) apenas han cambiado. En especial si obviamos las palabras-polémica como serían tabaco, niños y ‘radicales’. Han cambiado las reglas, las vestimentas y hasta parte del juego en función de cada equipo, pero la magia permanece. Como el primer día que hueles la hierba. Como la primera vez que te sientes parte del rugir de la grada. Como en las pequeñas cosas. Como en las inolvidables.

Sea al final cual sea el resultado de un partido, sólo os pido una cosa: no dejéis de comer o cenar por una derrota (ya sea abultada o no) de vuestro equipo. Ni los dirigentes del club ni los jugadores lo harían.

Belén Parra

Belén Parra

La primera vez que se sentó a una mesa para contarlo en las páginas de El Mundo aún no se comía bien en los hoteles. Ha probado las mieles del oficio en una editorial gastronómica y en congresos especializados. Mata el hambre y la sed con las historias que encierran restaurantes, cocineros y emprendedores del buen vivir.

2 comentarios
  1. Belén, dices que “hay gastronomistas para los que el acto de comer es tan religioso como el ir al fútbol”. Yo lo diría al revés: el acto de comer es sagrado para TODOS los Gastronomistas (¡faltaría más!), pero hay algunos para quienes “el acto de ir al fútbol es tan religioso como comer” 😉

    Si quieres comentar algún tema futbolístico, ya sabes que puedes contar con Josep o conmigo, que somos unos “expertos” en la materia. Jejeje. Por cierto, este sábado me suena que había un partido, ¿verdad?

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