El vino es sexy y ahora sabemos por qué

Vino y sexo, sexo y vino. Súmenle la filmografía completa de Billy Wilder, el desgarrador riff de un blues evocador y completaran la fotografía de mi Valhala particular. Qué les puedo decir, soy un mitómano.

Pero me acuesto con ustedes lo que quieran a que en lo referente al binomio vino-sexo estaremos [muy] de acuerdo.

Charlamos con el doctor Adolf Tobeña, catedrático de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Ha publicado 15 libros y 160 trabajos de investigación en revistas de Neurociencia, Psicología y Psiquiatría. Entre ellos, ‘El Cerebro erótico’ (La Esfera de los Libros, 2006). Hemos acudido a él para que nos desvele ese factor X del vino que tanto nos gusta. Disfruten.

El vino es sexy, doctor.

Sobre todo los vinos delicados, redondos, armoniosos y lujosamente ataviados. Esos caldos que pregonan elegancia cromática y sutileza olfativa en copa son los que mejor despiertan el cosquilleo palatal y la incitación a degustaciones de otros placeres.

Nada nuevo. Para la historia, ahí quedan las bacanales romanas. El vino corría a cascoporro.

Me temo que hay ahí mucha leyenda adornada por la evocación literaria y el cine. Sospecho que en esas fiestas predominaban los caldos simplones, agrestes y peleones para conducir con presteza a la deglución desenfrenada y la obnubilación. Que hay mucho granel y botellón (¿anforrón?) indigesto, quiero decir, en esos rituales que siempre tienen imitadores, claro.

Hedonismo puro. Somos muy básicos, doc…

A menudo somos animales elementales en las urgencias placenteras sí, pero en los dispositivos degustadores y apreciativos llevamos mecanismos para el aprendizaje y el discernimiento sofisticado. Y los vinos ofrecen universos de cualidades que hay aprender a distinguir y saborear.

Vista, olfato, gusto, tacto… en el vino casi todos los sentidos entran en juego. Digo yo que algo tendrá que ver con el tema que nos ocupa.  ¿Me lo desarrolla?

A eso me refería: el vino reúne múltiples atributos para la estimulación sensorial compleja y la apreciación selectiva y sutil. Es un elixir frutal que condensa un puñado de propiedades al servicio del goce visual, olfativo y palatal en primera instancia, y del disfrute y la dicha global, en segunda. De ahí que cuando el caldo es óptimo, el degustador ande con los radares sensoriales y perceptivos bien afinados y el momento lo imponga la combinación resulte casi imbatible.

En un sentido bioquímico, ¿qué ocurre en nuestro cerebro cuando bebemos vino? Concretando, ¿por qué nos pone a tono?

El cerebro distingue e integra esas múltiples tonalidades sensoriales para otorgarles una valencia gratificante singular. Puntajes íntimos de disfrute que cursan, además, mediante una evaluación secuencial: desde el goce naso-buco-lingual instantáneo hasta la evocación del deleite incitador y el contraste con otras rememoraciones y placeres de nariz, boca y piel.

El vino sabe poner en su punto a señoras y señores porque combina efectos periféricos y centrales que convidan al tanteo cordial y desinhibido, a la proximidad de los escarceos gozosos y a la exaltada degustación dérmica y de mucosas si se da ocasión propicia para el magreo y el fornicio. Se sirve, para ello, de diversos engranajes químicos (el alcohol y sus diversos eslabones de actuación molecular en el organismo, entre otros)  que actúan de inmediato en el sistema vascular y en la piel, por una parte, en los dispositivos centrales del apetito gratificador y de las urgencias sexuales, por otra, y en la circuitería cerebral que modula los frenos y las ponderaciones reflexivas, por último.

Blanco, tinto… ¿es lo mismo?

No. Nunca hay similitud plena en esas interacciones moleculares. Los blancos, los tintos, los rosados, los espumosos,  los generosos, los afrutados… suponen cócteles combinatorios distintos (entre ellos y también en sus variedades intrafamiliares), y acarrean, además, dosis singulares de los arietes químicos responsables de inducir los efectos de incitación erotógena en los tres niveles indicados. De todos modos, ese asunto en concreto, está prácticamente virgen de datos firmes que permitan los contrastes fundamentados.

Para finalizar, doctor¿qué diferencia al vino de otras bebidas en lo que a su relación con la libido se refiere?

Si con ello inquiere Ud. sobre otras bebidas alcohólicas y los combinados a base de  destilados, en particular, la diferencia más relevante es el margen para el juego incitador y erotizante. Los vinos ofrecen, en sus rangos de concentración etílica y de dosis más corrientes, un abanico interactivo mayor para cultivar la cordialidad, la simpatía, la campechanía y toda clase de contactos alegres y desveladores de la comezón inguinal. La intoxicación disruptiva, obnubiladora  y a menudo poco útil para el buen rendimiento copulatorio  (masculino, sobretodo) queda algo más lejos, en principio. Aunque se puede acabar en ella también con los vinos, claro.

Rafa Moreno
Rafa Moreno

Editor de Contenidos y Social Media Strategist. Guionista de formación, escritor de vocación y 'wine lover' por convicción. Soñador frecuente, viajero ocasional. No le gusta bailar.

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