Hace un tiempo, en un colegio público del distrito de Sants-Montjuïc, en Barcelona, un grupo bastante numeroso de madres (ni un padre, pero ese sería otro tema) debatía con considerable vehemencia -una energía que, dedicada a otros asuntos, sin duda podría cambiar el orden mundial-, cómo debería ser el nuevo menú íntegramente ecológico que iba a comenzar a implementarse en el comedor de la escuela. Siempre que, eso sí, las allí presentes diesen el visto bueno a la empresa que se postulaba para ello, la cual había acudido al colegio para responder a las dudas de las familias. Las asistentes querían conocer de primera mano, y evidentemente aportar todo tipo de sugerencias y consideraciones, a los pormenores del menú 100% bio que sus hijos iban a consumir a partir de entonces.

Cuando los responsables de la compañía postulante anunciaron que, en líneas generales, los segundos platos suelen ser dos días carne, otros dos pescado y uno huevo, una madre levantó el brazo, visiblemente preocupada ante una noticia, la del huevo semanal, para la que no estaba preparada, y explicó que ella YA daba una vez a la semana huevo ecológico a sus hijas y que NO QUERÍA BAJO NINGÚN CONCEPTO que sus hijas comiesen huevo dos veces a la semana y muchísimo menos si éste no era bio. De manera, anunció, que lo lógico en un caso como el que nos ocupa, era sustituir ese huevo semanal por tofu ya que a/no se debe comer más que un huevo a la semana a no ser que uno esté muy pero que muy loco y b/ los huevos de los comedores escolares no son ecológicos en ningún caso ya que la legislación no lo permite por motivos sanitarios.

La encargada de la compañía postulante observó a la madre, que sorprendentemente contaba con un grupo de secuaces ante las cuales se hubiese hecho caca el más terrible de los miembros del Estado Islámico, con esa mirada que sólo encontramos en personas acostumbradas a necesitar grandes dosis de paciencia para afrontar su día a día, y ante el supuesto quorum en el patio de butacas dijo que claro, que faltaría más, que no más huevo ultraproducido con aspecto de brazo de gitano, que los niños comerían tofu.

Haber tenido el privilegio de presenciar este momento, hace unos años, te hace reflexionar, obviamente, sobre cómo ha cambiado la preocupación de los padres por la alimentación de sus hijos en tal sólo una generación, en cómo hemos pasado de cero a cien y en cómo este exceso de conocimientos ha dado lugar a situaciones tan parodiables como la que nos ocupa y, probablemente, en algunos círculos, a la existencia de una minoría silenciosa condenada a vérselas a diario con escenas como ésta con una mezcla de sorna y sentimiento de culpa.

El momento nos retrotrajo, inevitablemente, a nuestra infancia, ese lugar donde no existía el tofu y se cenaba tortilla de patata tres veces a la semana, y nos recordó los menús de los comedores escolares de antaño, tan alejados de la oferta prácticamente a la carta que ofrecía la empresa que al final, tras el sí al tofu, se llevó el gato al agua: menú vegetariano, vegano, sin cerdo (en teoría exclusivo para musulmanes pero al que varias madres querían unirse para reducir el cerdo en la dieta de sus hijos), sin lactosa, sin gluten, sin frutos secos, sin huevo, sin carne…

Cuando Núria Canturri, la propietaria de la tienda de Barcelona Jo també sóc al·lèrgic, abierta hace poco más de un año en el barrio de Sant Antoni, nos explicaba cómo era la vida cuando a su hijo de ahora 16 años le detectaron la primera de la gran cantidad de alergias que ahora tiene, nos vino a la cabeza el asunto huevo-tofu y la gran cantidad de información y medios que existen en la actualidad no sólo en los comedores escolares sino en la sociedad en general.

¿Cómo debía ser antes? “Tenías que recorrerte media Barcelona en busca de los productos necesarios: encontrabas una cosa aquí y otra allá, y, tras mucho esfuerzo y muchos kilómetros recorridos, acababas haciendo la compra para tu hijo”, explica Núria, que, precisamente por este motivo decidió crear su blog Jo també soc al·lèrgic, con el objetivo de facilitar la vida a todas aquellas personas que requerían un tipo específico de alimentación, como el caso de su hijo, alérgico a huevos, marisco, legumbres, lácteos y cacahuete. Tras el blog vino su libro ‘Mama, em pica’ (Angle, 2014) y poco a poco fue convirtiéndose en una prescriptora en materia de alimentación para personas alérgicas, lo que la llevó a abrir su propia tienda hace poco más de un año en la calle Vilamarí.

Lo primero que nos sorprende en una tienda que lleva el nombre de Jo també sóc al·lèrgic es la buena pinta que tiene todo, desde la bollería para celíacos hasta los productos sin leche, los productos vegetarianos, los caldos de verduras, pasando por el rincón de productos bio, los chocolates y cremas de cacao, las galletas, los panes… “Llevo muchos años recorriendo el mercado en busca de productos para personas multialérgicas y en la tienda me he dedicado a recopilar los mejores, y también los que más me demandan”.

jo tambe soc al.lergic

El resultado de este esfuerzo es un lugar colorido y repleto de paquetes de comida deliciosa, que ha sabido ganarse un hueco no sólo entre los alérgicos, sino entre todos aquellos que apuestan por la comida biológica y vegetariana, que también tienen su rincón en Jo també sóc al·lèrgic. Además, se sirven pasteles por encargo, que Núria busca de forma personalizada en función de las necesidades del comensal.

¿Cómo saber si tenemos alguna alergia o intolerancia? “Ahora se detectan las alergias mucho más que antes”, explica Núria. “Hay personas de cierta edad que descubren su alergia cuando son adultas y empiezan a entender por qué han estado años encontrándose mal”. Según Núria, las intolerancias suelen ir asociadas a dolores abdominales, aunque no siempre, y en ocasiones a vómitos, diarreas o estreñimiento, y las más frecuentes en la infancia son a la proteína de la leche de vaca, el huevo y los frutos secos. Entre los adultos, afirma, tiene numerosos clientes celiacos y alérgicos a la fructosa, que tienen en Jo també sóc al·lèrgic un lugar perfecto para hacer la compra no sólo para ellos, sino para toda la familia.

Laura Conde
Laura Conde

Como directora de la revista Guía del Ocio BCN se recorrió gran parte de restaurantes de Barcelona y escribió sobre ellos durante siete años. Es autora del libro ‘La felicidad en una croqueta’ (Now Books, 2014) y de 'Hecho en casa' (Now Books, 2015). En la actualidad escribe y habla, las dos cosas que más le gusta hacer además de comer, en diversos medios.

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