Malasaña parla italiano

Julián me llamó acelerado, fuera de sí. Al otro lado del teléfono, hablaba como si fuera una máquina de escribir antigua, martilleándome la cabeza. Por supuesto, me hablaba de una mujer. Extranjera, para más señas. Para Julián, Europa no tiene nada que ver con la moneda única, ni con Maastricht, ni nada de eso. Ante sus ojos, aparece como un maravilloso mapa en femenino, en el que figuran desde las bohemias portuguesas hasta las sofisticadísimas danesas. En esta ocasión, era una italiana. Para mi amigo, una asignatura pendiente; una nacionalidad con la que nunca se había sentido cómodo. “Solo hay dos tipos de italianas, las pijas y las que tienen pinta de cooperante. Y no me va ninguno de los dos grupos”. Oh, que equivocado estaba. Y acababa de darse cuenta.

La historia es que nada sabía de la chica que le había seducido el anterior fin de semana. Solo que era del país de la bota y que vivía en Malasaña. Nada más, ni siquiera su nombre. Le había dejado una pista: “Búscame en los trocitos de Italia que hay diseminados por aquí”, le dijo en la Plaza de San Ildefonso, antes de salir corriendo. Mi papel era trazarle a Julián un mapa con los sitios auténticamente italianos de Malasaña. Descarté desde el principio pizzerías regentadas por ecuatorianos, heladerías en las que te saludan con acento de Parla y demás lugares de explotación del encanto transalpino. Lo que no esperaba es que me pidiera que, además, le acompañara. “¿Mañana? Pero si mañana es miércoles, trabajo. Y tú también”. “Finge una gripe”, me dijo antes de colgar. Sin darme opción a decirle que no.

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Italiana Madrid: café y libros.

11.00 horas. Ahí estaba yo, en la Plaza de la Luna, con mi mapa dibujado en la mano, como si fuera Long John Silver a la caza del tesoro. Julián llegó frotándose las manos. “¿Por dónde empezamos?”. Remontamos hasta la Corredera Baja de San Pablo para entrar en Italiana Madrid, un café-librería en el que se toma capuccino mientras se hojea alguna obra de Italo Calvino o Luigi Pirandello en su idioma original. Nos apostamos en una de  sus encantadoras mesas de madera junto a la enorme cristalera que da a la calle. Ni rastro de la muchacha, ni dentro ni fuera. A cada rato, tenía que darle una colleja a Julián para que estuviera atento, “¿no ves que yo no la conozco, majadero?”, le dije. “Casi no la conozco ni yo..”, me respondió, con una media sonrisa. Tras casi tres horas infructuosas, le dije que se acabara la tarta de zanahoria y ricotta, que nos íbamos.

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Las ricas pizzetas del Aiò.

14.00 horas. Para llegar a nuestra siguiente parada, solo tuvimos que cambiar de acera. Siendo una auténtica italiana, había muchas posibilidades de que nos la encontráramos apretándose un plato de pasta en Aiò, un local regentado por sardos en el que se sirven pizzetas individuales si tienes prisa y platos de pasta si lo que buscas es una comida más reposada. Nos sentamos en una mesa a ver si nuestra encantadora desconocida aparecía. Julián pegó un respingo cuando una joven, bicicleta en mano, entró en el local. Bajó tras ella a la planta de abajo, habilitada como aparcamiento para ciclistas, pero había sido solo una falsa alarma. Resignado por la tarde que me esperaba, me tomé unos malloreddus con salsa de funghi. Los malloreddus son una especie de gnocchi a la sarda, más pequeños pero muy apetitosos. Mi amigo apenas probó el polpettone, un rollo de carne picada con huevo y champiñón, así que me tocó acabarlo a mi. No todo iba a ser malo…

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Aperitivi en Pepa Tencha.

17.00 horas. Julián y yo nos fuimos a tomar el café a Pepa Tencha, un auténtico punto de encuentro de “itañoles” (italianos residentes en España, la mezcla mediterránea por excelencia, sin duda). Como no solo de espresso vive el hombre, el local alberga tanto exposiciones como shows de humor basados en la improvisación o proyecciones de cortos. También destaca por su coctelería, y ahí es donde empezaron mis problemas. Mientras yo disfrutaba de mi relaxing cup of café con leche, Julián empezó a atacar la carta de cócteles, trasegando un Negroni (mezcla de ginebra, Campari y vermú rosso) tras otro. Vino en nuestra ayuda el aperitivi alla’ italiana que ofrecen en el local y que pone a disposición de los cliente, y sin coste extra, un buffé libre de ensaladas, pasta, y, aquí viene el toque itañol, un buen salmorejo. Antes de que nos echaran por vaciar las bandejas y con Julián comiendo como si no hubiera un mañana, le invité a seguir la ronda del aperitivo malasañero, que continúa por locales como El Naranja Café o el Bella Ciao. En este último, acabamos viendo un Real Madrid-Juventus de Champions con un gin tonic de pétalos de rosa en la mano. Cuando vi que Julián empezaba a cantar el himno de la Vecchia Signora a voz en grito, decidí que era mejor irnos. Que solo era Miércoles, por Dios.

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Pizza alla napoletana en Luna Rossa

22.00 horas. Mi intuición me decía que Julián se había olvidado de su etérea amada. Pero mi intuición nunca ha sido gran cosa y, sin darme cuenta, ya tenía a mi amigo llenándome de lagrimones la cazadora mientras se lamentaba de su mala suerte con las chicas que conocía, de que dónde se habría metido aquella mujer y de que yo era su mejor amigo y que gracias por acompañarme, sob, sob… Después de sonarse los mocos con mi camiseta, decidí adecentarlo y llevarlo hasta mi último cartucho, el restaurante Luna Rossa, una auténtica trattoria napolitana que lleva instalada más de dos décadas en el barrio.Allí, entre clientela cien por cien italiana, ocupamos una pequeña mesa y pedimos dos pizzas: una Frutti di mare y una Diavolo, de masa fina y crujiente. “No les falta razón a los que consideran que están entre las mejores de Madrid”, le dije a Julián. “¿No te parece?, ¿Julián?”. Pero mi amigo ya había visualizado a su objetivo y miraba hacia otra mesa con la mirada perdida: no hizo falta que me dijera que era ella; allí estaba la chica a la que habíamos estado persiguiendo durante toda la tarde, haciendo manitas acaramelada con un chico que parecía la versión juvenil de Paolo Maldini. En silencio, nos terminamos las pizzas, pagamos la cuenta y nos fuimos a coger el Metro, cada uno en dirección a su casa.

08 horas (al día después). Me despierto para ir al trabajo. Me ducho. Mientras desayuno, el móvil vibra. Un Whatsapp de Julián, “¿De verdad creíste que iba a casa?”. Me manda una foto suya con una chica: morena, guapísima, sonriente… Otro Whatsapp: “Solo sé que es mexicana y que vive en Lavapiés. ¿Repetimos?”, y el muy cabrón me manda el emoticono que sonríe y guiña un ojo a la vez…

Italiana Madrid. Corredera Baja de San Pablo, 10. Teléfono 915 23 21 26.

Aiò Madrid. Corredera Baja de San Pablo, 25. Teléfono 910 09 64 69.

Pepa Tencha. Apodaca, 3. Teléfono 911 42 75 03.

El Naranja. San Vicente Ferrer, 53. Teléfono 687 36 87 90.

Bella Ciao. Amaniel, 22. Teléfono 622 43 42 08.

Luna Rossa. San Bernardo, 24.Teléfono 915 32 14 54.

Banda sonora. Renato Carosone – Torero.

Javier Sánchez
Javier Sánchez

Lleva comiendo prácticamente toda su vida, así que sabe de lo que habla. Un hombre, un reto: conocer TODOS los restaurantes de Madrid. Sigue en ello y empeñado en descubrir las últimas tendencias gastronómicas como coordinador de Cocinatis.com junto a Laura Conde, en el blog de gastronomía Oído Cocina de Yahoo! y como colaborador en sitios como Dominical, VICE o distintos medios del Grupo Prisa.

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