El Rastro, una historia dominical de tebeos, tostas y caracoles

Juanete solo se ponía el despertador los domingos. El resto de los días esperaba que el sol se colara por el tragaluz del semisótano de Lavapiés en el que vivía, herencia de su madre, para darse la vuelta perezosamente, alargar la mano, coger un manoseado tebeo del Sheriff King del montón que se acumulaba al lado de su cama y dormitar hasta mediodía entre tiroteos y persecuciones a caballo. Luego se levantaba, salía a por un bocadillo a la hora de comer al bar de la esquina y se iba a su trabajo de media jornada en la biblioteca municipal. Allí se pasaba las tardes desde hacía 20 años colocando libros, dando de alta las nuevas referencias que llegaban y atendiendo a universitarios que buscaban manuales de física cuántica, señores mayores que preguntaban por novelas de Unamuno o adolescentes que, sonrojadas, se interesaban por la Historia del Ojo de Georges Bataille. Al cierre, volvía a casa y entre  películas de aventuras antiguas y conversaciones con (los escasos) familiares o amigos, se iba haciendo de noche. Sobre las 12, llegaba la somnolencia y la vuelta al catre. Así era la rutina de Juanete de lunes a viernes, pero los domingos todo era diferente. Había Rastro. Antes de las 9 de la mañana ya estaba Juanete duchado, afeitado y hecho un pincel (de pintor de brocha gorda, eso sí) bajando la calle Mira el Río Baja para ir a la Plaza del Campillo Nuevo.

Tostas de EL Capricho Extremeño. Foto: Flickr/El Tecnorrante.

A Juanete, los vendedores de tebeos antiguos que exhibían la mercancía sobre sábanas, ya lo conocían. Era un cliente recurrente y estupendo, que se llevaba los cuadernos de El Guerrero del Antifaz de 10 en 10 y que siempre pagaba lo que se le pedía, sin regateos. Juanete encorvaba su tremenda estructura de más de 100 kilos para pasar los dedos por los ejemplares con rapidez de croupier de casino, haciendo un si-le no-le vertiginoso que le hacía más joven y más delgado. Tras dos horas de frenesí de coleccionista, le gustaba entrar de los primeros en El Capricho extremeño (Carlos Arniches, 30) para dar cuenta de dos o tres tostas. Solía decantarse por la de tortilla de patata, la de gambas y gulas y la de jamón serrano que se llevaba para comer sentado en un banco de la plaza mientras hojeaba sus últimas adquisiciones. Llegando al Capricho a primera hora se evitaba la kilométrica cola que se formaba a partir de mediodía y que a Juanete le incomodaba, porque le obligaba a permanecer mucho tiempo de pie y le acababa dejando las rodillas hechas polvo. Eso sí, la hora punta de las tostas también tenía algún atractivo, como un desfile constante de estudiantes erasmus de buen ver, a las que Juanete saludaba con un jelou, de inglés de fascículo de Planeta-deAgostini. De la primera entrega, que siempre salía a precio especial, porque la segunda y las siguientes, ya a precio normal, nunca la había llegado a comprar. Después del desayuno, Juanete despachaba con el Vaquero del Rastro, que, con su aspecto de sheriff de bigotón de spaguetti-western, regentaba con orgullo su puesto lleno de cómics antiguos embalsamados en bolsas de plástico. Juanete casi nunca le compraba nada, porque la mayoría de la mercancía se le iba de precio, pero le gustaba charlar con el vaquero sobre ediciones y facsímiles hasta que llegaban los clientes buenos, los que de verdad soltaban la mosca, y Juanete ahuecaba el ala.

mercado de la ribera
Puestos en el Mercado de la Ribera.

Aunque casi siempre iba solo al Rastro,dos semanas antes había quedado con su hermano y la mujer y los hijos de éste. Antonio le había llamado dos días antes para comentarle que se iban a acercar el domingo al centro de Madrid y que qué mejor ocasión para verse, ¿no? Juanete, agobiado, no acertó a decirle más sitio para quedar que su universo dominical de papel antiguo y olor a fritanga. Por satisfacer a Antonio, que bajaba endomingado de su pareado por Las Rozas, con mujer de diseño y niños en perpetua primera comunión, les había llevado al Mercado de la Ribera (Ribera de Curtidores, 26). Pensaba que en su veintena de puestos de picoteo, a la moda de los mercados madrileños de nuevo cuño, Antonio se sentiría a gusto. Ayer se pusieron al día entre hamburguesas, quesos de toda España e incluso sushi. O más bien fue Antonio el que puso al día a Juanete, que seguía con sonrisa congelada las pormenorizadas explicaciones de su hermano sobre depósitos bancarios, nuevas responsabilidades en la gran empresa eléctrica en la que trabajaba o planes inminentes de ampliación de la prole. Habían sido dos horas, pero a Juanete, que no sabía cumplir el papel de hermano perdedor ni el de tío afable con sus sobrinos, se le habían hecho interminables.

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La sopa de wantun, sabores orientales.

Muchas más esperanzas había depositado Juanete en la anterior ocasión en la que había recorrido el Rastro acompañado. Cansado de interactuar únicamente con otros juanetes en foros sobre cómic español antiguo, le había dado por pasarse a chats sobre manga, aunque él no tenía ni papa de las aventuras de Naruto o Bola de Dragón. Allí conoció a flordelis77, un prometedor nick bajo el que se escondía una joven tímida con la que, tras horas y horas de amistad virtual, se citó un domingo. Al verla, pensó que quizá debería haberse cambiado el 77 de su apodo por un 67 y que no era tal y como se describía en su perfil del foro, pero que él también había exagerado sobre su densidad capilar y su talla de pantalón. La ruta compartida por los puestos de tebeos fue, en general, provechosa para ambos en capturas, así que decidieron prorrogar la mañana compartiendo la comida, lo más parecido a una cita que Juanete recordaba haber tenido en años. Pensando en los gustos de su partenaire, se había informado sobre un chino, con el bizarro nombre de Millones y abundares razones, sito en la calle López Silva, en el que tanto dueños como comensales compartían nacionalidad. Recordaba haber leído en alguna parte aquello de que pertenecía a la categoría de  “los chinos donde comen los chinos” y no se lo pensó dos veces. En un ambiente como de salón de manicura, los comensales daban buena cuenta de cuencos de sopa de wantun y tanto él como su acompañante decidieron pedirse una, toda vez que la alternativa pasaba por enfrentarse a una carta escrita en mandarín o hacerse entender con camareros que, de español, menos que lo justito. Apurada la sopa, flordelis77, con el calor del caldo subiéndole por las mejillas, le propuso a Juanete seguir la velada en casa de éste. Muerto del susto, a Juanete se le aparecieron de golpe las montañas de cómics de su habitación, los retratos de su madre mirándole desde la pared del salón y los cacharros sin fregar en la cocina. Pretextó entonces una apertura extraordinaria en la biblioteca (¡en domingo!) y salió por piernas excusa laboral mediante. Pasó el resto del domingo enfrascado en la lectura de un tebeo en el que Roberto Alcázar y Pedrín liberaban a una emperatriz oriental, recatada pero sexy, de las garras de algún chino malvadísimo. Y con flordelis77 no volvió a chatear.

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Amadeo, la leyenda del Rastro. 74 años tras una barra. Foto: Wikipedia.

Sin embargo, su recuerdo le venía a veces a la cabeza, de golpe. Como ese día, ya de finales de febrero, en el que, con el sol calentando por primera vez en todo el año, remontar la empinada cuesta de Carlos Arniches se le estaba haciendo un mundo. Llevaba ya unos días cansándose más de lo normal y lo atribuía a un repunte de la gripe que le había tenido noqueado -incluso sin su ración semanal de Rastro- durante dos semanas a finales de enero. Llegó a la Plaza del General Vara de Rey, se quitó el sudor de la frente con el pañuelo,  y pensó que ya le quedaba poco para el Casa Amadeo. Allí en la Plaza de Cascorro, entró, aún tambaleante por el esfuerzo, en el Bar Amadeo y pidió una ración de sus celebérrimos caracoles. A Juanete, la especialidad de Amadeo le recordaba su infancia y aquellos domingos en los que su padre le llevaba a tomar el aperitivo como previa a una tarde perezosa entre aventuras de El Jabato y películas del oeste en Primera Sesión. Al frente del negocio, como siempre, Amadeo. Ya octogenario, el tabernero reparó en Juanete, cliente habitual, y lo saludó con un plato de torreznos como previa a los gasterópodos. Cuando llegaron los caracoles, Juanete no reparó en pan para untar y untar en la deliciosa salsa picante, hecha a base de chorizo. Con tanto brío lo hizo que se pringó la camisa, pecata minuta, pero también uno de los tebeos recién adquiridos, lo que lo puso de mal humor. Pagó y sin despedirse por el cabreo, salió al sol traicionero de febrero en Madrid. Deslumbrado y desorientado, se dejó caer calle abajo, esquivando domingueros y puestos hippies,  hasta sentarse apoyado en la estatua de Cascorro. Cerró los ojos para descansar y vio toda su vida de viñetas pasar delante de sus ojos: peleas con cimitarras en Bagdad, piratas disparando mosquetones en abordajes y odaliscas bailando ante héroes de bigote afilado… Cuando llegó la ambulancia del Samur, ya no había nada que hacer por el corpachón cansado de Juanete. Se lo llevaron ante los ojos asombrados de vendedores , clientes y turistas, mientras un grupo de niños saqueaba su último botín y corrían calle abajo ondeando los tebeos en la mano y jugando al Cachorro y al Capitán Trueno, héroes de una infancia anterior a la suya.

Direcciones:

El Capricho extremeño (Carlos Arniches, 30).
Mercado de la Ribera (Ribera de Curtidores, 26).
Millones y abundante razones (López Silva, 3).
Casa Amadeo (Plaza de Cascorro, 18).

Banda sonora. Asfalto – Capitán Trueno.

 

Javier Sánchez
Javier Sánchez

Lleva comiendo prácticamente toda su vida, así que sabe de lo que habla. Un hombre, un reto: conocer TODOS los restaurantes de Madrid. Sigue en ello y empeñado en descubrir las últimas tendencias gastronómicas como coordinador de Cocinatis.com junto a Laura Conde, en el blog de gastronomía Oído Cocina de Yahoo! y como colaborador en sitios como Dominical, VICE o distintos medios del Grupo Prisa.

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