Tengo un amigo indepe y hipster. Y anda algo mosca últimamente por el hecho de que el independentismo se haya vuelto de la noche a la mañana un movimiento inapelablemente mainstream. No se siente cómodo junto a la masa, dice. Qué pinto yo envuelto en una estelada cogido de la mano de la señora Paquita, que todavía se agarra fuerte al monedero cuando se cruza con tipos con el pelo un poco largo. Ser indepe estaba bien cuando era propiedad de unos pocos, ahora que se han apuntado todos ser indepe es el equivalente político de escuchar Coldplay.

A mí me ocurre todo lo contrario. Me gustaría ser independentista, ya sea del tipo visceral/emocional o del pragmático, que se ha instalado con fuerza en los últimos años. Pero no me sale, sigo anclada sin remedio en la minoría silenciosa de Jordi Évole o en el “si no te digo que ‘no’ pero primero pensemos cómo” de Dolors Camats, porque no puedo evitar tener la certeza de que vamos a conseguir la independencia con mucho dolor y una vez la tengamos vamos a entregar Catalunya a los mismos que ya la tienen ahora (con otra chaqueta, tal vez, pero al fin y al cabo esencialmente los mismos), que ni siquiera se habrán despeinado en el proceso. El mismo establishment para un país nuevo. Como si Paquita y con ella esa peligrosa Barcelona “de los de en medio” que se resiste al cambio y que por desgracia sigue siendo mayoritaria (tan bien retratada por Javier Pérez Andújar en el gran Paseos con mi madre), fuese a permitir que en ese nuevo país que vamos a construir con la ilusión de todos nos dediquemos a excentricidades como proteger por encima de todo a los más débiles, siempre que el más débil no sea, claro, la lengua catalana. Que entonces sí.

Así que yo también ando apesadumbrada, al igual que mi amigo, porque todo esto de la Vía Catalana me ha hecho constatar que no me fío de nosotros como sociedad y que por lo tanto es imposible que me sienta en comunión con una serie de personas en las que en líneas generales no confío, porque no creo que en su mayoría quieran construir la misma Catalunya que construiría yo si pudiese empezar de cero. Pero qué pena, oigan, no poder sentir esa hermandad, no poder participar de esa ilusión colectiva, de ese sentimiento tan mágico de estar cambiando la historia.

Todo este preámbulo tiene como objeto dejar claro mi tarannà esencialmente gregario frente al espíritu exquisito de mi amigo, y el sufrimiento que a ambos nos ocasionan nuestras respectivas opciones políticas. Y en los últimos días he descubierto que en gastronomía me ocurre lo mismo, que formo parte de esa minoría silenciosa a la que no le gustan, pongamos por caso, las hamburguesas del Bacoa (mi amigo, de momento, es de Bburger, hasta que empiece a gustarnos a todos) o las bravas del Tomàs. He aquí mis cinco pecados gastronómicos:

Nuestro número 1 hamburguesero es El filete ruso. He aquí una de sus filigranas.
Nuestro número 1 hamburguesero es El filete ruso. He aquí una de sus filigranas.

1- Las hamburguesas de Bacoa. Que Bacoa (Colomines, 2) arrase en los rankings en la misma ciudad en la que existe El Filete Ruso (Enric Granados, 95) es uno de los grandes misterios de la Barcelona contemporánea. La carne está buena, sí, pero los acompañamientos y el mismo pan son correctos, pero para nada excepcionales.

fibula
Cerveza marroquí y té de menta en la bonita terraza de La fíbula. Ella sí que sí.

 

 

2- Las teterías. No hace falta que les diga qué opción elegiría si la cosa estuviese entre ir a picar a la mina durante 24 horas seguidas sin comer ni beber en compañía de Pilar Rahola o echar la tarde en una tetería. Cada vez que pienso que alguno de esos tés relajantes con esencia de una flor exquisita, que solo se puede hallar durante el solsticio de verano de los años bisiestos en una montaña recóndita de Nepal, cuesta lo mismo que un plato de pasta artesana con una salsa recién hecha del precioso Las Sorrentinas (Pza. Sant Pere, 5), por ejemplo, veo con claridad que el absurdo ha llegado a la ciudad para quedarse. Sólo hay una excepción, pues nada tiene que ver con la tetería tipo barcelonesa con sus pasteles de zanahoria bio porque ES la tetería tipo beréber: La Fíbula (Blai, 46) uno de mis lugares favoritos de Barcelona donde, por suerte, hacen un café con leche estupendo, tienen una carta de tes a precios moderados, y aún no han caído en la tentación de colgar foulards en las paredes. El cuscús esta delicioso.

cupcakes
Sí, se pueden odiar los cupcakes y sentir debilidad por Celicioso.

3-Los cupcakes. He aquí el traje nuevo del emperador del siglo XXI, los documentales de La 2 de la gastronomía. Y es que nadie en su sano juicio, digan lo que digan, prefiere comerse un cupcake antes que un donut. Un día, y esperemos que sea pronto, alguien se dará cuenta de que los cupcakes son en realidad una tapadera para que no salga a relucir el verdadero objetivo del colectivo maleni: en realidad son ninjas disfrazadas que planean apoderarse del mundo mediante una revolución sanguinaria que se está tejiendo en los obradores de sus tiendas de cupcakes. El término “cuqui” es en realidad un código secreto, que está haciendo peligrar la vida en la Tierra, con el que se comunican con sus compinches, sí, los chinos de los bazares. ¿O acaso creían que eso de que en las trastiendas de sus locales te sacan los órganos es una leyenda urbana? Una excepción, porque empalagan mucho menos que el resto y están elaborados sin gluten: los de Celicioso (Hortaleza, 3), en pleno centro de Madrid.

bravas
Un gran descubrimiento las bravas de Biercab.

4- Las bravas del Tomàs (Major de Sarrià, 49). El éxito de las bravas de Tomàs radica, en realidad, en una serie de factores que nada tienen que ver con las propias bravas de Tomàs. Y que existiendo las bravas de Jordi Cruz en Ten’s (Rec, 79) o las del recién inaugurado BierCaB (Muntaner, 55) aún haya quien se atreva a ponerlas en duda en favor de las de Tomàs indica que alguien en algún momento de la historia fue muy hábil a la hora de forjar la leyenda. Si Tomàs estuviese en la Barceloneta y no en Sarrià probablemente sus bravas habrían pasado desapercibidas, pero su éxito se debe fundamentalmente, creemos, a su ubicación. Tomàs ejerce sobre los vecinos de Sarrià esa fascinación que legendariamente los pobres han ejercido sobre los ricos, que adoran lo cutre porque solo lo sufren como hobby. De ahí que comerse unas bravas correctas, tirando a grasientas y mal presentadas en un lugar indiscutiblemente desagradable les haga sentirse transgresores de un modo similar al de esos empleados de banca de mediana edad que van a trabajar en Harley.

foie
Un foie que sí: el micuit del B-Lounge, con membrillo y rebozado con kikos.

5- El foie. O mejor, el foie en su versión triturada estilo sopa. Hubo una época en que no podías visitar ningún restaurante de Barcelona sin que la mitad de los platos de la carta llevasen foie, y ahora que la moda ha cesado guardo en mi memoria el inolvidable yogur de foie del chef Romain Fornell en el Caelis (Gran Via, 668), un plato de culto para muchos que consiste en un envase de yogur de vidrio con una pasta triturada (foie) que se acompaña de una bolsita de frutos del bosque, listo para mezclar y comer con cuchara como si fuese un yogur. La presentación es la mar de resultona y, teniendo en cuenta la fascinación que los franceses han ejercido siempre sobre nosotros, esta creación sigue causando furor entre los amantes de este ingrediente. Yo sólo tengo que pensar en ella para empezar automáticamente a encontrarme mal.

Laura Conde
Laura Conde

Como directora de la revista Guía del Ocio BCN se recorrió gran parte de restaurantes de Barcelona y escribió sobre ellos durante siete años. Es autora del libro ‘La felicidad en una croqueta’ (Now Books, 2014) y de 'Hecho en casa' (Now Books, 2015). En la actualidad escribe y habla, las dos cosas que más le gusta hacer además de comer, en diversos medios.

3 Comments
  1. Nunca repetiremos lo suficiente que el éxito de las bravas del Bar Tomás no se entiende!. Aceitosas, all i oli oxidado… Se repite que son las mejores machaconamente pero la verdad es tosuda.
    Hace tiempo ya que muchos pensamos que las mejores patatas bravas son las del Bohèmic.
    En cuanto al foie-gras. Hay que dejar de maltratarlo con yogur, con frutas, con reducciones de PX o con kikos!

  2. No estoy de acuerdo con lo de las bravas del Tomás, pero por lo demás…a las bravas muchos chefs le han querido sacar petróleo cuando no tocaba: las bravas de diseño de la Taberna del Clinic, las de Arola…no se, no me acaba de convencer darle el toque chic a un plato “sport” como este. A la lista de “Ya está bien!!!” añadiría la salsa de falso vinagre balsámico y en general la perra de tener que enmarranar todos los platos, siempre; la trufa, en aceite, o aroma, o qué se yo qué, más falsa que un duro de goma, que te ponen en todas partes (y si no es falsa, Señores, que la trufa está buena, si, pero empalaga más que un chucho de crema, en su justa dosis pordios). Apa, my two cents…

  3. Excepcional artículo. Cuando dejes al novio me avisas. Hablar contigo todos los días tiene que ser un placer. Presentaría mi candidatura.

    Y también estoy con Philippe y maripili. Qué nombre más bonito, carai.

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