Hay planes imprescindibles. Casa Luz (Ronda Universitat, 1) es uno de ellos. Tanto si hablamos del hotel como de su restaurante. Y si son las dos cosas a la vez, mejor. Su terraza, escondida sobre los tejados de Plaza Universitat, es una de esas joyas discretas que todavía consiguen sorprender incluso a quienes creen conocer Barcelona de memoria. Porque sí, hay vida más allá de los rooftops de moda. Y aquí no solo se viene por las vistas, que son maravillosas. Se viene porque se come muy bien.

El sello Abellán
Ubicado en la azotea del Hotel Casa Luz, este restaurante dirigido por Tomás Abellán demuestra, una vez más, que todo lo que toca acaba teniendo un sello propio. Una cocina mediterránea, honesta, de producto y sin artificios, donde cada plato tiene sentido.

Nuestra recomendación es sencilla: dejarse llevar desde las Gildas a la ensaladilla o el pan con tomate. Todo es para repetir. La ventresca de atún con picada mediterránea es una auténtica maravilla, tratado con una delicadeza que permite que el producto hable por sí solo. El calamar a la brasa con limón y azafrán, incluso, consigue superar las expectativas. Perfectamente cocinado, tierno, intenso y de esos platos que permanecen en la memoria varios días después de la cena. Y cuando parece que ya no queda espacio para más, llega el flan de vainilla. Un flan espectacular. De los que justifican una visita por sí solos y recuerdan que los grandes finales suelen esconderse en los postres más sencillos. Top a compartir con cócteles de autor de la casa.

Un hotel donde escaparse
Pero Casa Luz es mucho más que un restaurante. Forma parte de uno de esos hoteles que cambian la manera de vivir Barcelona. Dormir en pleno centro de la ciudad, en la misma Plaza Universitat, puede sonar a bullicio, pero la realidad es justo la contraria. Cruzar la puerta del Hotel Casa Luz supone entrar en un refugio de calma donde el ruido desaparece y la luz natural se convierte en la gran protagonista.

El interiorismo, firmado por Lázaro Rosa Violán, apuesta por una elegancia relajada con inspiración mid-century, materiales nobles, tonos cálidos y una atmósfera que invita a bajar el ritmo. Todo está pensado para que la estancia se sienta más como una casa que como un hotel. Y precisamente ahí está la gracia.
Porque hacer una noche de hotel en tu propia ciudad tiene algo de escapada improvisada, de vacaciones sin coger un avión. Es una experiencia diferente, divertida y sorprendentemente necesaria. Desayunar sin prisas, subir a la terraza al atardecer, cenar contemplando los tejados de Barcelona y volver caminando apenas unos metros hasta la habitación convierte cualquier día de la semana en un pequeño viaje.

Hotel Casa Luz nació con la vocación de conectar al viajero con la ciudad, pero también se ha convertido en un lugar al que los propios barceloneses pueden volver una y otra vez. Ahora, con las largas tardes de verano, su terraza vive uno de sus mejores momentos. Pero sería un error pensar que solo merece la pena en esta época. Casa Luz tiene ese raro equilibrio que hace que funcione durante todo el año: en verano por su rooftop, en otoño por la luz dorada que entra en el comedor, en invierno por el refugio que ofrece sobre el ritmo frenético de la ciudad y en primavera porque Barcelona parece especialmente bonita desde aquí.
Hay lugares que se anuncian como secretos y hace tiempo que dejaron de serlo. Casa Luz todavía conserva esa sensación de descubrimiento. Una terraza escondida, una cocina sobresaliente y un hotel que invita a redescubrir Barcelona desde otra perspectiva. Y eso, en una ciudad donde parece que ya lo hemos visto todo, vale mucho.
