10 placeres gastronómicos de andar por casa (2)

De vez en cuando anoto en la libreta o en el móvil esos pequeños placeres gastronómicos a los que a menudo no hacemos caso porque son cotidianos, menores. Pero si os paráis a pensar en ellos, descubriréis cómo vuestra vida gastronómica sería más gris y aburrida sin ellos. Porque para disfrutar no hace falta irse a comer a restaurantes con estrella Michelin. Tras la primera tanda de 10 placeres que escribí hace ya unas cuantas semanas, ahí va el segundo capítulo. A ver si coinciden con alguno de los vuestros.

1. Ir a la panadería con o sin hambre, hacer cola oliendo el aroma que sale del horno, sentir que entras en otra dimensión, y cuando te toca, aún bajo los efectos narcotizantes de esos efluvios, dudar y no saber qué responderle al encargad@ porque te llevarías todas las barras de pan a casa. Pedir cualquiera de ellas y, de camino a casa, ñam, comerse la punta, tan rica, tan crujiente.

2. Entrar en una charcutería repleta hasta el techo de jamón, de salchichón, de chorizo, de fuet, de lomo, de cualquier embutido que te vuelva loco. Estar un buen rato y salir llevándote la camisa a la nariz, y buscar ese olorcito que te hace salivar tanto. Y lamentar que no te hayas impregnado de él.

3. Verter un poco de chocolate fundido sobre un helado de limón comprado en cualquier supermercado y pensar que no te hace falta poner un Paco Torreblanca en tu vida.

4. Meter el tenedor en un solomillo de ‘calité’ y notar cómo se hunde el tenedor y mover el cuchillo para cortarlo y pensar que aquello es mantequilla y no carne.

5. Llenar la bolsa de cerezas, haste el límite del peso que puede soportar el plástico, y llegar a casa y comerlas como un poseso, empezando por las que van de dos en dos, para metérselas en la boca a la vez, y acabando por las que no tienen rabo.

6. Beber un whisky con sabor a turba y besar a tu pareja, con lengua, ‘of course’, porque a ella le gusta el whisky y le gustas tú. Porque la turba, en boca de otra, perturba.

7. Pedir un zumo de naranja en el avión, por malo que sea, por artificial que sea, y sentir el ácido en la lengua activando la salivación a 10.000 metros de altura.

8. Comerse un melocotón con las manos y acabar con el hueso en la boca durante un buen rato, tal si fuera un caramelo, mientras con los dientes acabas de quitarle toda la pulpa.

9. Esperar a que todo el mundo se haya servido la paella para quedarte con el ‘socarrat’ y rascar y rascar hasta el último grano. Hacerlo con avidez pero con cuidado, para que no salte el metal de la sartén.

10. Comer los espaguetis con tomate y queso rallado de tus hijos que hacía años que no probabas y volver en un mordisco a tu infancia, cuando disfrutaba con pequeños placeres gastronómicos que te hacían tan y tan feliz.

 

Ferran Imedio
Ferran Imedio

En los últimos dos años ha visitado más de 300 restaurantes, pero su colesterol sigue en niveles normales. Esta rareza sin explicación biológica le permite seguir escribiendo sobre gastronomía en El Periódico de Catalunya, donde antes fue responsable de la sección de Gente y ahora, de Cocina's de la revista 'On Barcelona'.

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