(ESTE RESTAURANTE ESTÁ CERRADO)
Soy fan del restaurante Can Pineda. A pesar de esa decoración antigua, a pesar de esa carta escrita a mano, con tachones y renglones torcidos. A pesar de estar en una calle, Sant Joan de Malta, que nadie sitúa en el mapa y que está alejada de todo. Soy fan porque su cocina de mercado es imbatible, porque todavía recuerdo el arroz de bacalao como el mejor arroz que he comido en mi vida. Pero es caro, amigos. Así que no he tenido mayor alegría que entrar en Floreta, en Poblenou, y saludar a Xavi Jovells, el hiperactivo hijo de Jaume, el chef de Can Pineda.

Al llevar ADN Can Pineda, al ser joven, ha mezclado el presente y el pasado en su debut en solitario. Así que la decoración es chula, con un punto retro quizás, y la carta ya no está escrita a mano ni tiene tachones ni renglones torcidos porque es una mini tablet. Me gustó el detalle, quizá porque estoy enganchado a mi Ipad.
Al ser joven y vivir estos tiempos, intenta que el precio medio del restaurante Floreta se sitúe entre los 30 y 40 euros. Y ya no tira de platos si no de tapas y medias raciones, porque así están las cosas, para compartir, para arrimar el hombro, para consolarse las penas comiendo con alegría del mismo plato. Para olvidar las penas con un cóctel si hace falta (de jueves a sábado funciona como coctelería).
Al ser un Jovells, incluye algunos platos con los que triunfa papá Jaume en su restaurante, como las albóndigas, con una salsa a base setas, cebolla, tomate y vino blanco para mojar pan, pan del bueno, que aquí no se andan con racanerías gomosas.
Lo visité el día que cumplía un mes, y lo cierto es que ya apunta maneras de clásico. No se complica la vida; va directo al grano. Compra buen producto, lo trata muy bien, sin artificios raros, sin condimentos que despisten. Cocina casera y de temporada, Y punto. Me gustó todo una barbaridad, salvo el atún marinado en soja y sake acompañado de una salsa de ajoblanco; se salía del molde y no era tan agradecido para el tiempo de maceración que le dedica.

Las piparras de norte tenían peligro (de adicción, quiero decir), los buñuelos de bacalao eran de una consistencia que pocas veces había visto porque pocos buñuelos he probado con tanto bacalao.

Los calamares de potera (la potera es un anzuelo con forma de pez) son un hit, un must, un «si vas allí tienes que pedir eso, no te olvides, eh'». Fresquísimos, se deshacían en la boca. Estaban excelentemente condimentados con aceite, ajo, guindilla y sal. «No hay más secretos», me dijo Xavi. ¡Ja!. Eso en casa son incapaz de reproducirlo. Igual que los mejillones al vapor, las gambas y el melocotón de viña al vino con canela que me sirvió de postre.
Al ser joven, atrevido, echao palante, en Floreta sirve muchísimos vinos naturales. Ecológicos, sin apenas intervención del viticultor, sin levaduras comerciales, sin filtrados… A pelo. Me sirvió el Vermell de Peguera 2013. Y bien, sin más. Quizá yo no sea tan joven como él.
Lo mejor: la apuesta por cocina de toda la vida con producto excelente con un envoltorio actual.
Lo mejorable: algunos platos, como el atún marinado con soja y sake y el risotto, a pesar de tener éxito, chirrían un poco con la filosofía del restaurante.
Floreta
Calle Marià Aguiló, 50.
Teléfono: 93 000 98 37.
Horarios: de miércoles a lunes, de 13.00 a 16.00 y de 21.00 a 23.00 horas (cierra los domingos de agosto).
Precio medio: 35 euros (no hay menú).
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