Jesús Sánchez, Premio Nacional de Gastronomía: “Cuando abrimos daba menús por menos de 500 pesetas”.

Jesús Sánchez, Premio Nacional de Gastronomía: “Cuando abrimos el Cenador daba menús por menos de 500 pesetas”.

Es uno de los días más importantes de la gastronomía española, si no el más, me atrevo a decir. Al menos nadie pondría en duda que son los reconocimientos con más prestigio, solemnidad e historia. A sus espaldas, 47 ediciones. Desde 1974 se han entregado 342 premios, que han venido a visibilizar no solo el talento de jefes/as de cocina, directores/as de sala o sumilleres, también el que brilla en otros campos como la comunicación o la investigación. Porque, como apuntaba Lourdes Plana, presidenta de la Real Academia de Gastronomía, “la gastronomía no es solo cocina, es cultura, agricultura y pesca, industria alimentaria, ciencia e investigación, salud, turismo y bienestar”.

Es “el 10% del PIB, el 22% de las personas ocupadas y 1.300.000 empleos directos”, en palabras del ministro Luis Planas o “es pasión por aprender y crear”, tal y como comentaba la ministra Diana Morant. Y lo más bonito de estos premios, desde mi punto de vista, es precisamente el interés por visibilizar las diferentes voces que forman parte de este diálogo del que todos disfrutamos, no solo las más evidentes.

Así, este año hemos asistido emocionados a la entrega del I Premio Nacional de Gastronomía ‘Talento Joven’, estrenado de la mano de Alimentos de España. Y hemos visto como María Maceiras, una marinera gallega tiktoker de 22 años, subía al atril y se quedaba sin palabras ante un aplauso que agradecía su “labor divulgativa, que promueve el respeto al mar y sus especies, concienciando de la importancia de la pesca sostenible”.

Sostenibilidad que también ha visibilizado Javier Pérez Andrés, Premio Nacional a la Mejor Comunicación, quien lleva más de 25 años hablando y escribiendo no solo de grandes mesas, también de lo que ocurre en el campo y en los pequeños mesones, en esos lugares “que permiten comer bien a todo el mundo por 20 euros”, como recordaba al público.

El tinte más académico lo ha puesto Manuela Marín, Premio Nacional de Gastronomía a la Investigación e Innovación, reputada arabista cuyos estudios y traducciones del recetario islámico han servido para esclarecer las raíces de la cocina peninsular en la Edad Media. En sus palabras ha extendido el agradecimiento en nombre de “todos aquellos que se dedican a los estudios árabes en este país”.

premios nacionales de gastronomia 2022
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“Veía cómo mi madre en la cocina era capaz de sublimar la precariedad”, emocionaba Abraham García, quien recogía el reconocimiento a ‘Toda una vida’ dedicada a los fuegos en su restaurante Viridiana de Madrid. Ha compartido su “profunda admiración por la cocina de madres, abuelas y de terruño” antes el gran aplauso del auditorio.

En los corrillos, más de un asistente ha confesado que alguna que otra lágrima se le ha escapado. Reconozco que la honestidad y humildad de los protagonistas del día era para poner los pelos de punta. “Ni en mis mejores sueños”, se sinceraba Cristina Díaz al tener en sus manos el Premio Nacional a Mejor Sumiller, quien prometía seguir contando historias con sus vinos desde el restaurante Maralba (Almansa) que capitanea junto a su marido Fran.

Desde Javea llegaba Cristina Prados para recoger el Premio Nacional de Gastronomía a Mejor Directora de Sala por su trabajo en el restaurante Bonamb, “por su talento innato en el dominio de la sala y una puesta en escena elegante pero cercana”, explicaba José Ribagorda, maestro de ceremonias.

Todos los protagonistas del día subieron al escenario visiblemente emocionados, abrumados en algunos casos por el peso del premio, incluso un experimentado en estos partidos como es Jesús Sánchez. Se llevaba el Premio Nacional de Gastronomía a Mejor Jefe de Cocina, sumando una alegría más a los bonitos años que está viviendo en este sentido. Sin embargo, también se acordó del pasado, de las 6 pesetas que costaba el primer menú que cocinaba y de aquellos tempranos compases del Cenador de Amos, donde “daba menús por menos de 500”.

Silvia Artaza

Adicta al queso y devota de la mencía. Entre plato y plato se dedica al marketing y reparte pluma en proyectos editoriales de la Real Academia de Gastronomía. Madrileña, enamorada de San Sebastián, a la que le apasiona comerse el mundo a bocados.