¿Cuántos bares y restaurantes caben en una sola calle? En la ciudad rusa de San Petersburgo, hasta 70. Ni más ni menos. Igual así a bote pronto tampoco parecen tantos, pero cuando patees la Rubinstein de un extremo al otro por cada una de sus dos aceras reconocerás el récord. Cuentan que es justo la vía que concentra más establecimientos para comer y beber de Europa -sí, San Petersburgo está en la denominada «Rusia europea»- y de ahí este post.
Sea en otoño a bajo cero que en verano a pleno sol, los rusos son muy dados a salir y foguearse trago va, trago viene. En San Petersburgo, la mayoría opta por la calle Rubinstein, una perpendicular a la avenida Nevski, porque sabe que encuentra la oferta más amplia de cocinas del mundo en locales de interiorismo cálido, ideal para capear el mal tiempo. Símbolo del resurgir cultural de San Petersburgo, en la Rubinstein vivieron desde el compositor que da nombre a la vía como escritores y estrellas del rock cuyo periplo todavía es hoy objeto de atracción turística al mismo nivel que la casa Tolstói o el Hermitage.

Casi en medio del trasiego de una punta a la otra de la calle queda el Café Rubinstein. Un clasicazo que conserva la fachada de la finca regia original, vajillas antiguas y menaje de otras épocas para servir del desayuno a la cena en formato bufé de lo más surtido. Enfrente, dos números arriba o abajo, está la vinatería Wine Rack, pionera en la inclusión de referencias naturales en su carta. De la diminuta cocina salen los platillos del chef Evgeny Vikentev, también copropietario del buenísimo Hamlet+Jacks ubicado unas cuantas calles más hacia el centro.
En el O! Cuba la estética es plenamente ‘revolucionaria’, si bien el personal es más ruso que la matrioska. El Ché y sus consignas se reparten las paredes de un local con cocina más internacional que exclusivamente cubana. En el vecino Café Mitte la atmósfera es la de las cafeterías para la tertulia y el tentempié rápido. Puerta con puerta, el Pedro Gómez at Larisa exhibe su cocina a la vista especialmente a quien come en la barra. En este streetfood prevalece la tradición asiática junto a burgers y bocatas de grandes dimensiones. Cabe reseñar que al ruso en general le gusta comer bien pero, sobre todo, mucho. Por ello los chefs que defienden el fine dining todavía tienen que soportar las reticencias de aquellos para quienes el menos nunca es ni será más.

Ese hervidero de gente que se concentra en la calle Rubinstein incluso cuando nieva es la señal inequívoca de cuanto ahí se cuece. Con el buen tiempo, da gusto sortear u ocupar las diferentes terracitas para disfrutar de la económica San Petersburgo frente a la prohibitiva Moscú.
Aprovecha el tirón cultural de una de las ciudades más ricas de la Europa oriental sin desmerecer tampoco a su oferta gastronómica, dentro y fuera de la calle Rubinstein que, por cierto, acabará siendo peatonal. No te defraudará.