La Taverna del Clínic es uno de esos restaurantes que, por sí solos, recogen la historia gastronómica de una ciudad que se explica, en buena parte, a través de sus bares. Es la historia de un gallego, Pepe Simoes, que aterriza en Barcelona y, como tantos otros paisanos, abre un bar frente al Hospital Clínic. Y también la de su hijo, Toni Simoes, que tomó el relevo casi por accidente y que ha querido partir de lo aprendido en el bar familiar para reformular y adaptar la cocina del padre sin perder su esencia.

Aquel Bar Xalana, donde Simoes padre servía menús diarios y recetas gallegas que alimentaban a los oficinistas de la zona, muchos de ellos trabajadores del hospital, acabó cambiando de manos. Pero este emprendedor empedernido enseguida abrió La Taverna del Clínic, ubicado muy cerca y con una filosofía similar.
El salto llegó cuando Toni Simoes, formado en la ESHOB y con paso por casas como la de Santi Santamaria, asumió los fogones. Lo que vino después fue una evolución poco estridente y bastante coherente: del bar gallego en el que sentirse como en casa a un restaurante elegante y reconocido que se resiste a romper del todo con lo anterior.
La reforma de 2014 marca un punto de inflexión. El espacio se amplía, la propuesta se ordena y aparece una voluntad más clara de jugar en otra liga sin renunciar a la clientela de siempre. Desde entonces, La Taverna del Clínic ha consolidado una cocina que se mueve en ese terreno resbaladizo entre la tradición y la actualización: producto de temporada, técnica medida y una cierta contención que evita el exceso de discurso.

Así pues, Simoes hijo ha cambiado cosas para que, en el fondo, no cambie nada. Las bravas —deudoras de aquella escuela de Sergi Arola— siguen ahí, aunque el formato haya evolucionado. No es una cuestión estética sino de ajuste: adaptar el plato al momento sin desvirtuarlo. Lo mismo ocurre con el resto de la carta, que se ha ido afinando con los años hacia una cocina directa y centrada en el producto.

En ese sentido, la incorporación reciente de un carro de quesos (bien seleccionado, con presencia de pequeños productores) es una extensión lógica de una manera de entender como tiene que ser un restaurante. Porque La Taverna del Clínic aún mantiene voluntariamente el espíritu de aquel viejo bar de barrio que invitaba a la distensión y la sobremesa. Lo mismo podría decirse de una bodega que ha crecido con el tiempo y que hoy supera el centenar de referencias, o de una despensa que combina marisco gallego, carnes seleccionadas y producto de proximidad con platos reconocibles y muy bien ejecutados, en los que se nota la huella de Santamaria.

El vigésimo aniversario se celebra estos días con un menú conmemorativo que recupera algunos de los platos más reconocibles de la casa. Hay guiños evidentes a esa cocina que ha construido su identidad: el pa amb tomàquet con ibérico, las bravas, las colmenillas con foie o los canelones de pato y boletus. El rabo de toro de Discarlux al vino del Priorat evidencia que, en La Taverna del Clínic, las ollas hacen chup-chup desde primera hora de la mañana. Y platos como el trifásico de morro de bacalao rinde homenaje a la tradición de aquellos primeros bares que regentó la familia Simoes.
De postre, una de las mejores torrijas que hemos comido en Barcelona, con un brioche artesano elaborado en casa y se acaba con un flambeado con un toque de coñac.
La Taverna del Clínic.
Rosselló, 155. T. 93 410 42 21.
Abierto de lunes a sábado de 13 a 16 h y de 20 a 24 h.
Menú conmemorativo: 65 €.