Es imposible no ponerte un poco triste cuando piensas en el Gòtic de antes y lo comparas con el actual. El panorama gastronómico (y humano) ha dado un giro radical, dando lugar a un cúmulo de grandes cadenas feas a rabiar y calles atestadas de ese tipo de turistas que, en líneas generales, muestran poco interés por lo que les rodea.
Salvo honrosas excepciones, en el Gòtic de hoy en día te hablan en inglés de entrada y se te presupone tan poco paladar que cualquier cosa vale. El peor turismo de masas se ha apoderado de algunos rincones que en su día fueron míticos, desde la calle Ferran (con el viejo y carismático Schilling hoy convertido en un Taco Bell) a la Plaça Reial o aquel reducto quinqui y rockero que fue en su día la calle Escudellers.
El Gòtic, sin embargo, sigue siendo uno de los barrios con más personalidad de la ciudad y, sin duda, uno de mis preferidos. Por suerte, todavía quedan algunos locales con solera que han cambiado poco desde hace años, de esos en los que basta fijarse un poco para leer la historia de la ciudad.
En estos dos, que hemos visitado recientemente, se come de maravilla a buen precio. Además, conservan todavía (y que dure) aquella vieja fisonomía que los hace tan cautivadores y llegar a ellos cruzando sus callejuelas es también todo un placer. Bodega La Palma y Bar La Plata están aquí para recordar que el centro no se lo han quedado del todo los turistas y, por último, Contrabán viene a decirnos que el glamour no es solo propiedad de L’Eixample.
Bodega La Palma
Bodega La Palma es una delicia cuyo pequeño comedor de madera, que conserva intacto su interiorismo original, acoge todos los días a una buena cantidad de público local atraído por una cocina de mercado sencilla y solvente.
La Palma conserva ese espíritu de la bodega que abrió sus puertas en 1935, sin precios desorbitados ni cocina de vanguardia, y ofrece platos sencillos y solventes entre los que destacan unas ensaladas de temporada ricas y originales. Un establecimiento cuyas paredes tienen historia, perfecto para una cena en grupo en la que degustar desde una buena tabla de embutidos y quesos, unas croquetas de jamón la mar de buenas (con permiso de las de calamar en su tinta) y platos de cocina tradicional como los canelones de rustido con trompetas de la muerte o los mejillones con vino blanco. También tienen propuestas más originales y healthy como la remolacha al horno gratinada con queso de cabra, trufa y piñones o postres como el chocolate con aceite, pan y sal.
En cuanto a las ensaladas, tienen algunas fijas y otras que van cambiando según la temporada. El día de nuestra visita fue una de caballa con guisantes frescos y brotes, un plato fresco y delicioso que nos gustó casi tanto como una de las mejores mojamas que hemos probado en la ciudad. Entre los postres, todos caseros, destaca su pastel de queso y una torrija al estilo clásico que llega a la mesa acompañada de una bola de helado de vainilla. Por suerte, el personal sabe de vinos y nos acompañará por la carta hasta dar con el que más nos convenga. Todo ello por un precio de carta que no supera los 20 €.
Bodega La Palma. La Palma de Sant Just, 7. T. 933 150 656.
Bar la Plata
En la misma línea que Bodega la Palma, la de los establecimientos de toda la vida que se niegan a renunciar a su esencia pese a lo complicado que resulta mantenerse en pie en una zona casi exclusivamente guiri, Bar La Plata sigue siendo una institución. Buen producto y buenas tapas clásicas, sin alardes, es lo que nos encontramos en un local en el que podemos empezar con un pescadito frito, seguir con unas anchoas, una ensalada de tomates de temporada o, como ellos mismos dicen, «las mismas cuatro tapas desde 1945».
Como en el caso del local anterior, el buen hacer de este establecimiento (por el que han pasado ilustres como Anthony Bourdain) ha llegado a oídos de muchos turistas avispados, pero eso no convierte a Bar La Plata, ni mucho menos, en el restaurante para guiris que a todos nos viene a la cabeza cuando pensamos en el Gòtic. Calidez, sencillez y un ambiente informal de bar que nos invita a picar algo a cualquier hora del día vestidos de cualquier manera son siempre buenos reclamos para un público que sigue siendo fiel a esos puntos de encuentro únicos que serán siempre los bares, bodegas y casas de comidas.
Mención especial: Contrabán
Cambiamos completamente de tercio, y de los bares de toda la vida como los anteriores (con ese glamour inherente que tantos fieles aglutina) a la sofisticación contemporánea del inefable Contrabán. No podíamos hablar de restaurantes que nos gustan en el Gòtic sin detenernos en el del hotel Wittmore, comandado por el chef Alain Guiard, pura sofisticación estilo años 20, con su pequeño y elegante patio interior, su impecable interiorismo y una propuesta creativa y osada que, no obstante, tiene su raíz en la cocina tradicional que tan bien domina este solvente cocinero.
¿Un plato? No podemos abandonar Wittmore sin probar sus exquisitos macarrones del cardenal con secreto ibérico y bechamel de parmesano. El precio de carta ronda los 60 €, ya que probablemente acabemos dándole duro a su carta de cócteles (cosa que recomendamos, porque son una maravilla), por lo que es el lugar perfecto, íntimo y magnético, para celebrar una ocasión especial.
Si queréis saber más sobre Contrabán, aquí podéis leer la crónica de nuestra última visita.
Contraban. Riudarenes, 7. T. 93 737 81 59


