El Tragaluz sigue siendo de otra pasta. Enclavado en uno de los pasajes más transitados del centro noble barcelonés, aparece cual oasis ante un panorama gastronómico bastante desolador. Cualquiera diría que viene de afrontar un cierre impuesto de meses y lidiar ahora con esta nueva normalidad

Viejos conocidos del Grupo que también tiene restaurantes en Madrid han vuelto a Barcelona para iniciar una nueva etapa.
Otra vida, otra carta. Por eso el Tragaluz adopta estos días aires aún más mediterráneos y de claro acento italiano incluso en la carta de vinos. A mi juicio, ha ganado con el cambio de rumbo.


Éste lo personifican los chefs Matteo Spinelli  y Álex Durán, y lo juzgan cuantos reservan mesa tras la obligada reducción de aforo.
Hace apenas una semana, el Tragaluz estaba lleno al mediodía. Y El Japonés de sus bajos, tres cuartos de lo mismo.
El reajuste de sus respectivos tiqués medios influirá también en ello.

El restaurante de los 80 -un antes y después para la restauración barcelonesa- luce este junio más amplio y verde en su interiorismo, y más sugestivo en su culinario.

La cocina permanece abierta, haciendo así visibles chaquetillas y mascarillas. El gel hidroalcohólico está igualmente al alcance de todas las miradas. Hay un código QR en cada mesa para leer la carta y hacer la elección que el maître Àlex Sardà acabará por definir, en base a las especialidades de la casa.

Ocurrió conmigo al sugerirme probar una ración de Skordalia, entrante casero a base de garbanzos y nueces para “dipear” con pan a la brasa. Un vicio, al igual que las olivas de aperitivo.

Luego llegaría una sopa fría de espárragos blancos, uva, almendras y huevas de salmón. Ideal para asegurar el apetito frente a Pastas frescas y Segundos.

Spinelli borda el “cacio e pepe” que no domina todo chef italiano. En el Tragaluz es posible seguir su paso a paso si uno atiende bien a cuanto sucede en cocina. Sartén en mano, el chef da vuelta y vuelta -¡y otra vuelta más!- hasta ligar y enrollar los “tagliolini” antes de presentarlos tal cual sobre el plato. Una de las mejores propuestas de esta nueva andadura del restaurante.
De los espaguetis negros con gamba y calamar me quedé con su fondo para mojar pan. Pan de masa madre hecho en casa, por cierto.

De cara a una próxima visita eché el ojo a los linguine con almejas y guindilla, y al risotto, especialmente si vuelvo al mediodía.

Pese a la contundencia de las raciones, algo que se agradece cuando compartir platos está ya prácticamente prohibido, ¿por qué no pedir también un Principal? Yo opté por la lubina del chef, que seduce más por la vista que por el estómago.

Destacar, eso sí, el particular guacamole que viene con la pieza entera de pescado rellena de verduritas. Está delicioso.

La sobremesa es aquí es otra de esas rarezas que en pleno verano supone hasta una suerte. Nadie te obligará a dejar tu mesa porque haya dos turnos durante un mismo servicio ni porque el BOE dictamine cuánto tiempo debes permanecer en el restaurante.

Lo dicho: el Tragaluz es de otra pasta.

Tragaluz. Passatge de la Concepció, 5.
934 87 06 21.
Precio medio: 40 euros.

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Belén Parra
Belén Parra

La primera vez que se sentó a una mesa para contarlo en las páginas de El Mundo aún no se comía bien en los hoteles. Ha probado las mieles del oficio en una editorial gastronómica y en congresos especializados. Mata el hambre y la sed con las historias que encierran restaurantes, cocineros y emprendedores del buen vivir.

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