
Mi amigo Esteve, tuvo el percance —culinariamente hablando— de tener que pasar casi cuatro años en Rotterdam. Esteve venera la buena mesa tanto como los holandeses veneran su sistema de diques, pero el hecho es que, si bien el nivel de la ingeniería neerlandesa es deslumbrante, no se puede decir lo mismo —y que nos perdonen los súbditos de Máxima— de su recetario tradicional. Obviando a los mejillones y el gouda, la experiencia holandesa de mi amigo, en cuanto a cocina diaria se refiere, fue harto decepcionante. Las salsas excesivamente lácticas, las sopas aguadas, una especie de despreocupación culinaria reflejada en unos comidas demasiado informales —al parecer, el ritual de sentarse en una mesa mínimamente puesta tiene poco valor en los Países Bajos— hicieron que la comida, junto con los lloviznas persistentes, fueran la parte más pesada de aquella etapa holandesa. «He desarrollado la teoría», me dijo, «que se trata de una cocina pornogástrica. A ver si un día escribes sobre eso».
Jamás me he atrevido a escribir sobre cocina pornogástrica en la revista que dirijo. Resultaría realmente forzado. Pero, oh, maravilla, existe Gastronomistas.com, y eso ya es otra cosa. Aquí sí se puede. Y el día que Thomas, otro amigo —en este caso belga de Valonia y residente en Barcelona—, me explicó la receta con la que causó un profundo desconcierto en una cena con sus amigos catalanes, mi memoria recuperó las desventuras culinarias de Esteve.
La receta de Thomas es tan increíble como fácil (la máxima complejidad que presenta es saber abrir latas de conserva). La cuento en un plis.
Pêches au thon (Melocotón con atún)

1-Abrir una lata de melocotón en almíbar.
2-Disponer las mitades de melocotón como si de cuencos se tratara encima de una bandeja. Reservar el almíbar del bote.
3-Abrir una lata de atún y machacarlo un poco. En un bol, amasarlo —con la ayuda de una cuchara y un tenedor— con mayonesa, ketchup y el ingrediente clave: el almíbar. Debe quedar una masa fina y melosa.
4-Rellenar las mitades de melocotón con la mezcla anterior. Se puede rematar la obra a lo Arguiñano, con una ramita de perejil.
No me digáis que ya se os había ocurrido antes una combinación de ingredientes tan bizarra como esta. Pues resulta que Thomas —que, por lo que sé, tiene un paladar muy fino a la hora de elegir restaurantes— laha comido toda la vida. Incluso me envió unas cuantas direcciones web para demostrarme que en Bélgica es un plato mar de habitual.
Hace ya un tiempo, en un bar de mala nota que celebró su funeral el pasado septiembre —La Bata de Boatiné, ¿os suena?—, Thomas y yo coincidimos con el chef de uno de los restaurantes más top de la Barcelona presente. No me resistí comentar esa receta, y el chef formuló una teoría quizás incontestable: «Hombre, si son cuatro ingredientes que te gustan por separado, puedo entender que te gusten juntos». Le retamos a elevar este plato a la alta cocina aplicándole las modificaciones que fuera necesario, pero, por lo visto, no recogió el guante. ¿Por prudencia o por sabiduría?