De tapas por Zaragoza: cuatro direcciones imprescindibles

De tapas por Zaragoza: cuatro direcciones imprescindibles

Hay muchos motivos para visitar (y amar) Zaragoza. Es una ciudad grande y moderna, agradable, sin ínfulas, felizmente alejada de cierto postureo que acabamos encontrándonos siempre en las grandes capitales. Hay quien dice que lo mejor que podemos hacer si la vida nos lleva a la capital aragonesa es perdernos por el Tubo y dejarnos llevar por las masas y por el instinto, parando a tomar una tapa en cada bar y empapándonos del ambiente siempre efervescente del centro histórico. Irse de tapas por Zaragoza es, pues, siempre un placer aunque se haga tarde y mal, sin planificación previa, siempre que se vaya con la mente abierta y –lo más importante– el estómago vacío.

Lo cierto es que en Zaragoza encontramos restaurantes para todos los gustos, paladares y bolsillos. Desde cocina tradicional a otra más contemporánea, desde tascas de toda la vida a locales de vocación cosmopolita o estrellas Michelin (en este post hablamos de Can Cook y La Prensa, los dos flamantes estrellados de la ciudad), algunos perfectos para pasar la velada de pie, en la calle, y otros ideales para comer de mesa y mantel y entregarnos al placer de las largas sobremesas.

Hemos hecho un recorrido por la capital aragonesa y hemos acabado ocupando mesa en  estos cuatro restaurantes, muy diferentes entre sí pero todos recomendables. Vamos a La Flor de Lis, La Clandestina, Palomeque y Méli del Tubo. 

LA FLOR DE LIS

El difícil no amar La Flor de Lis, un restaurante de aire contemporáneo avalado por la solvencia del Grupo Vaquer, un referente de la restauración en la ciudad. La Flor de Lis abrió en marzo de 2020 de la mano de Marcos Vaquer y, tras unos inicios algo accidentados (tuvieron que cerrar el local apenas una semana después de abrir), han logrado día tras día un lleno absoluto gracias a una cocina tan reconocible como inclasificable.

El local se define como una taberna aragonesa, decorada íntegramente con elementos típicos del folklore regional en su versión más trendy (vale la pena irlos descubriendo a medido que uno se adentra en el comedor del establecimiento), y su cocina se elabora, igualmente, con productos de Aragón.

Este homenaje a los alimentos locales más representativos se traduce en la pasión por la borraja, una hortaliza típica aragonesa que se eleva aquí a su máxima expresión, presente en buena parte de los platos de la carta. Su arroz de borraja, que llega a la mesa servido en un original plato diseñado por el reputado José Piñero, es ya un clásico de la ciudad, lo mismo que la croqueta de borraja y otro de sus platos más aclamados, el popular Tataki Baturro. Se trata de una carne de ternera del Pirineo macerada, con tomate reducido al orégano y crema de borraja.

Pero hay mucho más, siempre con el denominador común de partir del producto típico aragonés, presente durante generaciones en la cocina del día a día en muchos hogares, y darle una vuelta de tuerca justa para crear una versión contemporánea. En La Flor de Lis las filigranas se sirven con cuentagotas, y menos mal. Aquí podemos pedir una ensalada de tomate con conejo escabechado, tomillo y escabeche de piñones, seguir con unas gyosas de ternasco de Aragón y acabar el periplo, pongamos por caso, con una pasta artesana de borraja rellena de calabaza y shiitake con pesto aragonés.

También el ambiente oscila entre la taberna del centro, alegre, informal y efervescente, y el restaurante agradable y confortable en el que degustar tapas y vinos aragoneses sin parar, disfrutando del placer de una buena sobremesa. Imprescindible.

Flor de Lis. Jaime I, 34.


RESTAURANTE PALOMEQUE

Y del aire gamberro y juvenil que destila siempre La Flor de Lis (pese a que acoge a un público de todas las edades) a la solemnidad adulta de un lugar como Palomeque. Ubicado en pleno centro, Palomeque es un restaurante con una bonita terraza en el que se respira cultura gastronómica, como nos demuestra enseguida su bodega, un paraíso de 300 vinos que el equipo conoce al dedillo, así como su experimentado servicio y la solvencia de unos platos que beben de la cocina tradicional y se elaboran, en su mayoría, con productos de la zona.

Palomeque cuenta con una completa carta, en la que brilla un steak tartar que –nos cuentan– cosecha legiones de fans, con un apartado de sugerencias del chef muy extenso, pensado para que los clientes que visitan el local con frecuencia (y son unos cuantos) no se aburran de comer lo de siempre. La bodega también es una fiesta, puesto que además de los centenares de referencias que encontramos en la carta, el local presume de una serie de joyas fuera de carta que demuestran la pasión del equipo y que, como ocurre con las propuestas gastronómicas, no sabe de fronteras siempre que el protagonista sea el mejor producto.

El local es, pues, un clásico. Un restaurante con varias décadas de existencia, con el mismo equipo al frente prácticamente desde sus inicios y una cocina de mercado honesta y solvente, donde los huevos rotos (que pueden ser con chistorra, con ibérico, con shiitake y con foie), conviven con tablas de quesos de la zona, croquetas, cochinillo, chuletón de buey, chipirones y una selección de platos elaborados con atún Balfegó, un pescado muy habitual en las cartas aragonesas.

Restaurante Palomeque. Agustín Palomeque, 11.


LA CLANDESTINA

Susanan Casanova, chef y propietaria de La Clandestina, define su propuesta como «una cocina de producto aragonés transformado y llevado a otros sitios, para poder viajar», que le ha valido el reconocimiento del público tras casi 8 años de trayectoria. Y también de la crítica, pues su tapa Cruz de Navajas ganó el XXV Concurso de Tapas de Zaragoza y ya merece por sí misma una visita al local.

Se trata de una navaja troceada sobre una base de ajoblanco con melocotón de Calanda encurtido, gel de cava de Aragón, coral de borraja y piel de limón, que presume además de una presentación muy original y acertada. Es una buena manera de calentar motores antes de adentrarnos en el universo de una chef que ha sabido dotar al ambiente de un aura muy similar a la del comedor de casa –aunque mucho más hipster– en pleno corazón del Tubo zaragozano.

La Clandestina es un lugar moderno a rabiar, de esos que hacen presagiar una noche larga de sobremesa y copas, donde los productos de km 0 toman forma de platos como la ensalada de burrata y tomate rosa, la lasaña de boletus con bechamel de leche de coco y almendras (una de las opciones veganas de la carta) y una maravilla llamada canicas de ternasco, unas albondiguillas de ternasco con arroz y salsa thai de piña acompañadas de leche de coco y anacardos, una combinación asiático-aragonesa que demuestra que la gastronomía no sabe de banderas.

Sus fideos a la cazuela con verduras, lubina ahumada y alioli de coco son un buen ejemplo del discurrir de la imaginación de una chef que pone el producto local al servicio de la creatividad y lo combina, cuando es necesario, con saberes de otras latitudes que hacen de La Clandestina un lugar muy particular. ¿Más encantos del local? Que se puede cenar con cócteles, aunque cuenta también con buenos vinos aragoneses y cervezas artesanas de la región.

La Clandestina. San Andrés, 9.


MÉLI DEL TUBO

Felices y saciados, nos dirigimos a Méli del Tubo para conocer un local de talante diferente a los anteriores, aunque con una propuesta gastronómica igualmente interesante. A caballo entre el restaurante y el pub, aquí se da todas las noches una transición maravillosa, con un momento en que conviven aquellos que lucen sus mejores galas y toman la primera de la noche al ritmo de la música comercial que suena en el local y los que aún están terminando de cenar. Y de cenar muy bien, ya que Méli del Tubo es el hermano pequeño de Méli-Mélo, un local de referencia donde la cocina es un juego y las tapas no entienden de fronteras gastronómicas. 

La carta de Méli del Tubo tiene múltiples atractivos, entre ellos sus croquetas, el carpaccio de tomate o tapitas como el solomillo con foie o la falsa croqueta de yuca y carne mechada acompañada de mojo colombiano. Pero si tuviésemos que escoger solo una de sus numerosas propuestas, nos quedaríamos probablemente con una de las más representativas: la patata asada rellena de ternasco de Aragón.

Aunque nos quedaríamos con las ganas, claro, de hincar el diente a otro de sus bocados más representativos: el llamado cave ovum, un saquito crujiente relleno de setas, bacon y huevo sobre carbonara de torrezno. Son tapas pensadas para comer de un bocado, tal vez de pie en la barra, mientras en la otra mano se agarra un vino aragonés o, por qué no, un buen copazo a cualquier hora.

Meli del Tubo. Libertad, 12.

Acabamos la visita a Zaragoza contentos, exhaustos y con el estómago bien lleno tras haber disfrutado de sus calles siempre animadas, del Pilar, del Museo Goya, de sus paseos, sus avenidas, de sus tiendecitas y rincones. Y, sobre todo, deseosos de regresar pronto para poder ocupar mesa en la gran cantidad de restaurantes que se nos han quedado en el tintero y que, como estos, ofrecen al viajero una gran cantidad de virguerías realizadas con productos de la huerta y el campo locales.

Laura Conde

Como directora de la revista Guía del Ocio BCN se recorrió gran parte de restaurantes de Barcelona y escribió sobre ellos durante siete años. Es autora del libro ‘La felicidad en una croqueta’ (Now Books, 2014) y de 'Hecho en casa' (Now Books, 2015). En la actualidad escribe y habla, las dos cosas que más le gusta hacer además de comer, en diversos medios.