¿Quién dijo que en el Raval no se come bien? Últimamente ha llegado esta frase a mis oídos de boca de diferentes personas y siempre les digo que no, que no es cierto, que el Raval sigue siendo una caja de sorpresas donde encontramos restaurantes como Las Fernández, ese lugar felizmente alejado de las guías que ofrece una cocina del Bierzo con efluvios ravaleros para chuparse –literalmente– los dedos. O El Pachuco, un minúsculo local frecuentadísimo frente a la hermosa iglesia de Sant Pau, donde sirven cócteles de inspiración mexicana y los que, dicen, están entre los mejores tacos de la ciudad.
Después está el flamante Direkte Boqueria, ese lugar minúsculo donde se sirve una cocina de altos vuelos sin límites ni banderas: alta gastronomía al pie de un mercado, La Boqueria, que ofrece la mejor materia prima. Teresa Carles y su (gran) hermano pequeño, Flax & Kale, son un valor seguro para los amantes de la cocina vegetariana y flexiteriana respectivamente, que disfrutarán de platos muy elaborados, creativos y divertidos en un ambiente contemporáneo y cool.
¿Dónde más se come bien en el Raval? En Fonda España, claro, donde Martín Berasategui lleva al epicentro de la multiculturalidad barcelonesa su cocina tradicional con un punto creativo en un emblemático edificio histórico. O en Bácaro, un precioso restaurante ubicado en una callejuela tras La Boqueria donde se sirve una cocina italiana que oscila entre la tradición y la sofisticación como pocas otras en Barcelona.
Y qué decir de Mirch-Indian Garito, la propuesta desenfadada del chef del restaurante indio Tandoor, Ivan Surinder, un lugar muy especial donde disfrutar de una cocina de raíces indias sin fronteras con unos naans que quitan el hipo.
Seguiríamos hasta el infinito y seguro que nos dejamos muchísimos, pero no se puede hablar de grandes locales del Raval sin mencionar al inefable Trópico, ese sitio de consenso en el que ocupar mesa el fin de semana si queremos disfrutar de un bruch al estilo clásico entre huevos mañaneros y voluptuosos zumos de frutas tropicales. O Suculent, claro, un restaurante de referencia, un clásico moderno en toda regla, donde Tonet Romero borda el tapeo tradicional con gran pulso y mejores ideas.
Pero aún hay más. Hoy queremos detenernos –aunque todos los mencionados anteriormente merezcan un post para ellos solos– en tres restaurantes muy especiales en los que comer de fábula en pleno Raval. Empecemos:
Superclássic
Tras este Superclássic de arrebatadora terraza en la calle Floristes de la Rambla, un lugar palpitante y siempre lleno de vida, encontramos un nombre que es garantía de buena cocina: el de Stefano Mazza, chef del también recomendable Last Monkey, en Sant Antoni.
De hecho, pese a que Last Monkey hace bandera de una cocina asiática a base de sencillos platillos para compartir (a precios asombrosamente ajustados teniendo en cuenta la calidad y talante de la propuesta), en realidad su vocación no difiere tanto de la de este Superclássic que ofrece, en este caso, platillos tradicionales con un puntito justo de transgresión, perfectos para colocar en el centro de la mesa y brindar con un buen vermut en plena efervescencia del Raval.
Si Last Monkey es uno de mis restaurantes de cabecera, ese lugar que visitas a menudo para una cena rica en un lugar agradable entre semana, Superclássic se va a convertir, sin duda, en lo mismo en el Raval. Por su ensaladilla rusa, hit de la casa (pedidla siempre con tartar de atún, sin dudarlo); por el Camembert trufado; por el carpaccio de gambas o por el steak tartar de vaca vieja, elaborado, como todo en la casa, con productos fresquísimos del vecino Mercat de la Boqueria.
Por sus vinos, sus vermuts, sus cañas, por su pastel de chocolate fondant (valdría la pena visitar Superclássic solo por hincar el diente a esta maravilla). Y por su terraza, claro, un lujo en pleno centro de Barcelona para contagiarse en un abrir y cerrar de ojos de ese algo, no se sabe qué, que solo tiene el Raval.
Superclássic. Floristes de la Rambla, 14.
Frankie Gallo Cha Cha Cha
De un italiano, Stefano Mazza, a otros italianos, los hermanos Stefano y Max Colombo. Los artífices del mito Xemei (otro lugar que los fans de la cocina italiana deben visitar ipso facto), tienen desde hace años un lugar muy especial en plena calle Unió. Frankie Gallo Cha Cha Cha es un establecimiento modernísimo, repleto de comensales hipsters, donde se sirven unas de las mejores pizzas de la ciudad.
Que nadie se llame a engaño al adentrarse en un local oscuro, cañero y de adorable estética industrial: la cocina de este restaurante parece siempre repleta de abuelitas italianas cocinando platos de pasta inolvidables durante horas, de esos que nunca saben igual cuando los hace otra persona. Aquí todo se elabora con productos naturales y artesanos, y además de pizza tienen pasta, carnes, embutidos y entrantes varios, como una berenjena a la parmesana de gran nivel.
Entre las pizzas, podemos escoger las clásicas o las blancas (yo misma me pasé el confinamiento de 2020 soñando con hincar el diente de nuevo a la carbonara de trufa, cosa que hice en cuanto se pudo), y todas son un prodigio de sabor, elaboradas con ingredientes naturales y una masa fina y melosa difícil de olvidar. Tienen, además, vinos, sidras, cavas y lambruscos (que en su comedor están hasta buenos. Palabra).
Frankie Gallo Cha Cha Cha. Marquès de Barberà, 15.
My Fucking Restaurant
Seguimos con los chefs italianos que se sienten como pez en el agua en el Raval, una plaza difícil por mil motivos pero a la vez sumamente agradecida cuando se consigue hacer clic con una clientela variopinta, exigente, resuelta y juguetona. Es el caso de My Fucking Restaurant, el restaurante de Matteo Bertozzi, que se lió la manta a la cabeza hace unos años para abrir un establecimiento de cocina creativa e informal, pero a su vez ambiciosa, en pleno Raval.
Es imposible etiquetar la proopuesta de un local, cuyo interior de diseño invita a las largas sobremesas y el disfrute de una carta que no se acaba nunca, que bebe de las cocinas mediterráneas (no particularmente de la italiana) y de otras cocinas del mundo.
Así pues, en My Fucking Restaurant podemos comer desde unas bravas de garbanzos (un plato muy representativo que sorprende y gusta a partes iguales) a unas ostras con kimchi y Bloody Mary, un ssäam de porchetta (buena muestra de la fusión gastronómica sin fronteras por la que apuesta el local), un pulpo a la brasa o unas señoras croquetas de osobuco que marcan la diferencia.
El local cuenta con tres espacios diferenciados que nos permitirán disfrutarlo de diferentes maneras: la barra, más informal; el comedor, acogedor y agradable, siempre concurrido; y un espacio con un par de mesas, con vistas a la cocina, en el que disfrutar en petit comité del ambiente en las entrañas del local. En cualquier caso, los que aman cenar con cócteles –entre los que me cuento– se van a volver locos.
My Fucking Restaurant. Nou de la Rambla, 35.



2 comentarios
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