En tiempos de mucho miedo e incertidumbres –quizá, como privilegiados, sea la primera vez que experimentamos DE VERDAD estos sentimientos– es interesante observar cómo nos volcamos en la comida. Hambrientos de vídeo-recetas, de compras compulsivas y exageradas en supermercados, de trucos de cocina, de iniciativas solidarias que tengan que ver con la alimentación… Si seguimos así, todo indica que saldremos rodando. Pero, mientras salgamos, creo que nos conformamos…

No cabe duda de que este furor por la alimentación tiene una explicación socio-racional. De hecho, escuchando a varios expertos estos días todo indica que tiene que ver con que uno de los principales temores de los seres humanos es el hambre. Así, como ocurrió los primeros días con el papel de wáter, nos puede el miedo a las carencias y preferimos exagerar y malgastar antes que sentir el estómago rugir. Problemas del ‘primer mundo’.

Como apuntaba un buen amigo, también sería digno de estudio investigar la psicología de la compra para hallar conclusiones sobre nuestros impulsos: cuáles son los primeros productos (y los últimos) en desaparecer de los lineales… Aquí tenemos la oportunidad de aprender mucho sobre nuestra alimentación en tiempos en los que se nos hincha la boca a golpe de ‘healthy’. ¿Realmente son los productos bio los primeros en venderse? ¿Los frescos? ¿Los vegetales? ¿O ganan por goleada las patatas chips, las pipas y las golosinas? ¿Si nos pilla el apocalipsis, estamos preparados con una despensa equilibrada que nos garantice todos los aportes nutricionales para aguantar días aún más difíciles? ¿O solo nos garantizaremos la satisfacción de los antojos? Unos datos publicados esta semana indicaban que entre los productos más vendidos destacan la harina, la levadura y las conservas, pero también la cerveza y las patatas chips. O sea que nos repartimos en dos colectivos: los que se van a lo básico de la alimentación para asegurar la supervivencia y los que prefieren optar por un confinamiento de noche de partido. A cada cual, su forma de ver la vida.

Aunque no estamos aquí para hablar de eso. Porque, desde el confinamiento, no creo que pueda iluminar mucho sobre lo que pasa fuera, de eso seguramente tendremos explicaciones científicas en el la temporada ‘post’, porque un día llegará. Aquí solo quería destacar otro valor muy importante de la comida. Su increíble poder de reconfortarnos. En los últimos años, si sois foodies atentos a las tendencias del sector, no cabe duda de que habréis oído hablar del concepto ‘comfort food’. Nos han querido colar, como pasa a menudo, que se trata de una nueva tendencia muy vinculada a escenarios marketinianos de feng shui, hinge, y otras modas pasajeras que vanaglorian la calidez y confort del hogar (eso sí, tras tantas semanas encerrados en casa, dudo que estas modas sigan triunfando…). Pero, en realidad, el ‘confort food’ no es otra cosa que esta alimentación de estar por casa, que despierta un agradable halo de nostalgia porque nos lleva a escenarios felices y especialmente ‘seguros’. La casa del verano, el jardín de la tieta que visitábamos los domingos, la cocina de los abuelos. En fin, son recetas que por su mero olor y sabor se convierten en un bálsamo de amor.

Para mi esta cocina-bálsamo se llama, por ejemplo, Battelmànn (en francés se conoce como ‘mendiant’, el mendigo, por ser una receta de origen pobre). Algo así como un pudding de mi Alsacia, que se suele tomar a modo de cena o de merienda en mi región de nacimiento. La receta es sencilla, y os la indico al final de este post (¡vale la pena!). Llevo ya un par preparados desde que se produjo el estado de alarma. ¿Por qué? Tan solo el aroma que desprende cuando se hornea me tranquiliza, me lleva a las faldas de mi abuela… En definitiva, me reconforta. También hay que decir que darse un capricho es bueno por los ánimos y vaya si lo necesitamos en estos días (para los kilos de más, ya veremos luego). Si os animáis con la receta que os he dejado, que sepáis que además de delicioso, el Battelmànn es un gran dulce anti mermas, porque se elabora con cualquier resto de pan, brioche o galletas rancias. Y si de algo tenemos tiempo ahora, es precisamente de observar lo que ‘malgastamos’ o tenemos en exceso en casa. Quienes tengan niños en casa, además de montar una actividad para llenar las horas, que falta hace, podrán así también dar una gran lección a sus pequeños: aprender a reciclar/reaprovechar.

La reflexión sobre el ‘comfort food’ puede seguir para llenar páginas. Porque me doy cuenta que hay muchísimas recetas-comidas-bebidas que echo muchísimo de menos en estos días, tanto que me he puesto a reproducirlas en casa y la verdad es que me han dado unos ratos de alegría. Mientras las crêpes me transmite una comida festiva, la brioche recién horneada me insufla bienestar. Incluso algunas de ellas no tienen que ver con la infancia sino con que me recuerdan mi vida social. El domingo, por ejemplo, me dio un subidón prepararme el típico plato de brunch healthy-trendy con pan, aguacate, huevo y salmón. Tampoco me faltan un par de días a la semana en la que la quedada por videoconferencia con colegas va vinculada a la confección de daiquiris caseros (que me salen bastante bien tengo de decir). Estos placeres hedonistas muy asociados a la vida de antes, cuando podíamos quedar cuando y dónde queríamos, llegan a casa, pues, para sentirnos menos confinados. Con algo hay que sobrellevar las penas, ¿verdad?

Sin embargo, en estos tiempos reconozco que mi absoluta Madeleine de Proust, no es otra cosa que mi habitualmente súper triste, sencilla, aburrida y saludable fiambrera en la que solo combino algún vegetal y una proteína para compensar los excesos de las demás comidas de la semana. Puede parecer sorprendente, pero, tras darle muchas vueltas, en realidad, tiene mucho sentido. Este se llama Libertad, la de salir a mi rutina cotidiana cuando todo va bien. Y que bien sienta este recuerdo, oigan.

Hablando con amigos de estos temas (sí, a todos horas, hablamos de comida, o eso parece) me hacía gracia descubrir la variedad de referentes ‘comfort’ para cada uno, y los criterios a los que se vinculan. Un amigo me decía el otro día que soñaba con una paella, y le sugerí ingenuamente que con el tiempo que tenía se la podía preparar. Indignadísimo, me contestó: “no, sueño con la de mi madre”. Pues vale.

Receta del Battelmànn

Ingredientes:

  • 300 g de pan/brioche/cake rancio.
  • 80 cl de leche entera
  • Unos trocitos de mantequilla
  • 4 huevos
  • 125 g de almendras en polvo
  • 1 cucharadita de canela
  • 1 sobre de azúcar vainilla
  • 120 g de azúcar
  • 1 k de cereza (también se puede preparar con manzana cortadas en dadito, arándanos o prunas).
  • Un par de puñados de pan rallado (o panko)
  • opcional: una copa de licor de cereza (kirsh)

Paso a paso:

  1. Separar las yemas de huevo de las claras, y batir estas última a punto de nieve. Reservar.
  2. Llevar la leche a ebullición y verterla sobre los restos de pan secos almacenados en un cuenco grande. Dejar que el pan se empape bien (si hace falta un poco de leche, se puede añadir). Machacar con un tenedor el pan hasta que quede la consistencia de una papilla.
  3. Añadir: el azúcar, el azúcar vainilla, la canela y el licor. Mezclar bien.
  4. Añadir: las yemas de huevo, las almendras y la fruta). Mezclar.
  5. Incorporar las claras en punto de nieve y remover.
  6. Engrasar un molde y recubrir el fondo con pan rallado y daditos de mantequilla.
  7. Verter la masa y recubrir la superficie con pan rallada y daditos de mantequilla.
  8. Hornear entre 50 y 60 minutos en un horno precalentado a 220º. Para comprobar cocción, hacer la prueba de la punta seca.
  9. Se sirve tibio o frio.

 

Laia Zieger
Laia Zieger

Una periodista francesa ‘expatriée a Barcelona’ que ha trabajado en El País y El Periódico de Catalunya, colabora con medios de ambos lados del Pirineo, y es autora del libro ‘Portraits de Barcelone’ (Hikari Editions, 2016). En la actualidad dirige la agencia creativa www.picapica.agency.

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