Un Erasmus tiende a creer que como su Erasmus no habrá dos. Primero lo idealiza y luego todo lo magnifica, como dicen que suele pasar en Gran Hermano. No he venido aquí a hablar de mi Erasmus, sino del Erasmus que ha motivado la apertura de El Italiano en Santander, con el que he revivido tantos recuerdos. Es éste un post para Viajar, ya ven. Aunque sea por la vía de la memoria.
A mí que me gustan especialmente los restaurantes que también cuentan historias, debo decir que la de El Italiano me ha llegado al alma. ¿Exagerada? Puede. Que conteste mejor quien tenga un hondo pasado italiano… A Carlos Zamora, socio y cara visible del grupo cántabro Deluz&Cía., Italia no sólo le abrió el apetito sino las ganas de comerse el mundo. Su soggiorno en Bérgamo, su periplo por ‘la bota’, el relato de sus anécdotas y su álbum de fotos -compartido en el blog del restaurante, por cierto- son tan deliciosos como la mayoría de productos que vende y sirve desde hace unos meses en el que es ya el italiano de referencia en Santander.


El expositor de producto de la entrada es el gancho para querer conocer el resto. Con el primer pie dentro, uno ya está perdido. La amplia cocina que se adentra en la sala, los ingredientes frescos, las referencias expuestas, esas pastas, pizzas y focaccias amasadas al momento y, sobre todo, los aromas, hacen que te quedes. El interiorismo y el sentimiento tricolor hacen que te sientes.
La carta es excesivamente larga, por lo que está bien para volver con frecuencia e ir probando cosas nuevas pero desespera en una ‘primera toma’. Cada elección supone una renuncia y hay tanto donde elegir que la propia Italia en su variedad tiene la culpa. Bien distribuida entre antipasti, mozzarellas, piadinas y focaccias, ensaladas, verduras, carpaccios, risottos, pasta fresca, pasta seca, carnes, pescados y pizzas -¡17 pizzas!-, la carta está a su vez pensada para cubrir todos los gustos. Desde el del ‘peque’ hasta el del abuelo. Probé un antipasto de verdura con tomatitos, calabacines rellenos y una mozzarella buenísima de Salerno. Seguí con la focaccia piamontesa –arrotolata crujiente, espinaca y mozzarella– que acabaría siendo el mejor plato de la tarde; los linguini allo scoglio y los tortellini de Bologna, cuyo relleno no satisfizo mis expectativas. Demasiado potente, que no sabroso.

La obsesión por dar con el mejor producto en origen se advierte a lo largo de toda la carta bilingüe de El Italiano, incluso en una lectura rápida. Lo mismo sucede con los vinos y las birras artesanales made in Italy. Es en esa pretendida autenticidad donde radica el encanto de este local. Las raciones de las pastas y de los postres -caseros, pero irregulares- compensan las de algunos antipasti y te trasladan a aquellos encuentros pantagruélicos en los que nunca faltaba de nada, siempre cocinaban ellos, disfrutabas de la generosidad en la mesa y acababas amando Italia por su riqueza gastronómica sobre todas las cosas.
Como bien sentencia Carlos Zamora, «si volviéramos a nacer, nos gustaría ser italianos». Pues sí.
EL ITALIANO. Calderón de la Barca, 9. Santander.
Teléfono: 942 21 21 68.
Abre todos los días de la semana de 13:00h a 16:30h y de 19h a 00:30h.
Precio medio: 30 euros.
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