Ron Santa Teresa, una compañía centenaria con vocación social

Ron Santa Teresa, una compañía centenaria con vocación social

El empresario Alberto Vollmer es el presidente de Ron Santa Teresa, pero en Venezuela, donde la familia Vollmer-Ribas gestiona la hacienda Santa Teresa desde 1796, muchos le conocen, sobre todo, por haber sido el creador del Proyecto Alcatraz.

Charlamos con Vollmer en una visita reciente a Barcelona, donde además de ejercer de embajador del Santa Teresa 1796 –»un ron añejo premium con elementos sorprendentes inesperados para el paladar, derivados de un proceso de elaboración y envejecimiento muy completo, que está encajando muy bien entre el público español»– nos explicó los detalles de la iniciativa a la que ha consagrado los últimos veinte años de su vida: el Proyecto Alcatraz.

Este proyecto que surgió de forma espontánea en 2003 ha hecho de Ron Santa Teresa un referente en responsabilidad social, que ha invertido y sigue invirtiendo energía, tiempo y recursos en la reinserción de bandas delictivas a través de unos rigurosos programas multidisciplinares que, desde hace casi dos décadas, no dejan de dar sus frutos.

La historia del Proyecto Alcatraz es emotiva y trepidante a partes iguales –y a ojos de un europeo tiene más de serie de Netflix que de algo que efectivamente pueda pasar en pleno siglo XXI–, y Vollmer se emociona todavía hoy cuando la explica, pues a él mismo le ha cambiado la vida y le ha obligado a vivir en sus propias carnes todo aquello que defiende su proyecto. Gracias al Proyecto Alcatraz, Vollmer –asegura– ha aprendido, también él, a hacer lo que exige a  las bandas con las que trabaja: perdonar.

¿Cómo surge el Proyecto Alcatraz?
Nace en 2003, en un contexto muy particular. Chávez había llegado al poder en 1999 y vivíamos años de relativa bonanza económica gracias a la subida de los precios del petróleo. Había un clima de gran confrontación política y social, en que se instaba a la expropiación de tierras. Fue en este contexto en el que un grupo de jóvenes miembros de una banda criminal entró a nuestra finca en 2003.

¿Qué ocurrió?
Le montaron una emboscada al inspector de seguridad para entrar en la hacienda. De hecho casi lo matan, pero ocurrió una de esas cosas increíbles: la pistola se atascó. Nuestro gran dilema a partir de ese momento fue pensar qué hacer para que no se repitiese la situación.

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¿Y qué decidieron?
En un país normal la policía toma cartas en el asunto y de alguna forma uno acaba delegando estos asuntos. Hoy en día, en Venezuela eso no sucede, y sabíamos que si no había una consecuencia ese incidente iba a ser el principio del fin, así que decidimos salir a por ellos: encontrar a los jóvenes que nos habían atacado.

¿Les encontraron? 
El jefe de seguridad dio con uno de ellos y le entregó a la policía de inmediato. Iban a matarle. Por suerte, consiguió atajar la situación y lo trajo de vuelta a nuestra finca. Le planteamos dos opciones: o devolverle a la policía o pasar tres meses en la finca, sin sueldo pero con comida y techo, para reparar la falta.

Está claro lo que eligió…
Y no solo eso, sino que a los pocos días capturaron al segundo y unos días más tarde teníamos en la finca a los 22 miembros de la banda. Así arrancó un proyecto de reinserción y rehabilitación que al principio fue improvisado, pero que hoy en día es una iniciativa sólida que cuenta con 11 personas trabajando, entre psicólogos, formadores, trabajadores sociales… y que tiene lugar en un edificio en plena naturaleza donde los miembros de las diferentes bandas con las que trabajamos pueden pensar en que´ quieren para el futuro y recibir la ayuda necesaria.

Son ya once las bandas a las que han ayudado a reinsertarse. ¿Recuerda algún momento especialmente emotivo?
Nada más empezar el trabajo con la primera de las bandas, cuando arrancó el proyecto, supimos que esta estaba en guerra con otra banda, mucho más peligrosa, que una noche intentó entrar en la hacienda, cuando ya estaba en marcha el programa de rehabilitación, para matarlos. Nos dimos cuenta de que si no interveníamos ya teníamos una guerra en ciernes, una carnicería montada.

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¿Cómo intervinieron?

Decidimos subir al barrio de la banda enemiga y tratar de reclutarlos. Fue muy dif´ícil. Todo eran negativas. Son jóvenes que vienen de entornos muy violentos, que están acostumbrados a la violencia desde pequeños, que han perdido hermanos, padres, tíos, porque les han matado, y en muchas ocasiones los que les han matado son los de la otra banda. Sentían miedo, rabia, traición. ¿Qué podíamos decirles nosotros?

Al final, sin embargo, accedieron a reunirse.

Sí, pero no estaban nada predispuestos a entenderse. Juntamos a las dos bandas, unos sesenta jóvenes en total, en un saloncito de la hacienda y yo les dije que tenía muy claro que eran muy valientes para matar, pero no sabía si lo eran tanto para perdonar. Esas palabras les impactaron. Hubo un momento en el que los jefes de ambas bandas se pusieron de pie, uno frente a otro, y yo les repetí la pregunta: ¿son capaces de perdonar?

¿Qué contestaron?
Se hizo un silencio. Ambos miraban al suelo, no se querían mirar a los ojos. Fue muy tenso. «¿Son lo suficientemente valientes para perdonar?», volví a decir, sabiendo que para ellos era casi como un insulto llamarles cobardes. En un momento levantaron la vista, poco a poco, se tendieron la mano con fuerza y contestaron que sí. Fue uno de los momentos más especiales de mi vida.

¿Cómo reacciónó el resto?

Fue una catarsis, un fogonazo. Se abrazaron, se encontraron de nuevo. Muchos de ellos eran primos, amigos, y se habían hecho enemigos por quién sabía qué. Empezamos a trabajar con ambas en el proyecto.

Dice usted que también ha vivido momentos difíciles . 
Sí. Uno de estos muchachos, Darwin, era un tipo inteligente y carismático, que tenía el sueño de ser guardaespaldas, mi guardaespaldas. Yo le dije que si se esforzaba y se formaba lo sería, así que con el tiempo se convirtió en mi hombre de confianza, casi como un hijo. Por desgracia, el líder de una de las bandas a las que reclutamos más tarde, una de las más buscadas del país, con la que nos costó mucho dar, mató a Darwin por un ajuste de cuentas.

¿Cómo lo vivió usted?
Muy mal. Pasé por todas las fases del duelo. Sabía que necesitaba que el tiempo diluyese todas las emociones concentradas que sentía, pero también sabía una cosa: ahora era mi turno. Tenía que perdonar.

¿Lo consiguió?

Con mucho esfuerzo, de forma lenta y dolorosa, mezclando la ira, la negación, el miedo. Pero lo conseguí. A Luisito, el autor del asesinato, le han matado seis hermanos, hay que entender de dónde viene para saber cómo actúa. Ahora mismo su banda está a punto de acabar la tercera fase del programa, y nosotros seguimos profundizando en el tema del perdón.

¿Cómo lo hacen?
Tenemos un programa de justicia restaurativa. Es muy complejo, porque cuando el sistema judicial no funciona, te planteas que algo tienes que hacer para conseguir la paz en la comunidad y que esta mantenga el equilibrio. Una sociedad en constante venganza es disfuncional. Hemos conseguido identificar varias fases del perdón y estamos trabajando en esta línea.

¿Es este proyecto su manera de sellar su compromiso con el bienestar en su país?

Santa Teresa nace en 1796, justo antes de la independencia venezolana. Hemos pasado las diferentes etapas que ha vivido Venezuela, hemos estado muy ligados al país, y aún lo estamos: al café, al ron, a la caña de azúcar. Mi tatarabuela era prima hermana de Simón Bolívar. Hemos pasado por muchas dificultades y adversidades y muchas de ellas nos han hecho más fuertes y este proyecto no es más que una nueva muestra de ello.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Laura Conde

Como directora de la revista Guía del Ocio BCN se recorrió gran parte de restaurantes de Barcelona y escribió sobre ellos durante siete años. Es autora del libro ‘La felicidad en una croqueta’ (Now Books, 2014) y de 'Hecho en casa' (Now Books, 2015). En la actualidad escribe y habla, las dos cosas que más le gusta hacer además de comer, en diversos medios.